David Melián, el joven que aprendió a nadar solo y llegó a ser submarinista

Fue el primer marino en todo el departamento de Jiménez. Decir el primero es decirlo todo, porque no hubo hasta David Melián un miembro de la Armada en 4.832 kilómetros cuadrados a la redonda. Tuvo que ser muy tenaz para desarrollar ese germen propio y seguir una carrera ajena a su paisaje, a sus quehaceres y a sus costumbres en aquella porción de Santiago del Estero, una tierra reseca por los azotes del sol y por la falta de ríos, lagos y agua. Contra todos los obstáculos cumplió su sueño: ser submarinista.

La de Melián es una de las 44 historias que se apagaron hace dos años, el 15 de noviembre de 2017, en el trágico hundimiento del submarino ARA San Juan frente a la costa de Chubut. Tenía 31 años.

Es una historia de esfuerzo, dedicación y pasión. Nadie sabe en qué momento David escuchó hablar de la Armada, pero ya en el colegio primario un día dijo que quería ser marino. No lo tomaron en serio porque, desde los 6 años, se destacaba enlazando vacas y cosechando choclos y zapallos. Tenía tal dominio de los animales, que podía reconocer a distancia ciega cada uno de sus balidos.

Desde temprano supo que abandonaría su vida de campo, donde ayudaba a su padre y a su tío. David quería estudiar. Iba al colegio con el guardapolvo impecable, el pelo corto y prolijo. Usaba dos pares de zapatillas, unas para la escuela, siempre blancas y limpias, y otras para jugar.

Con los años esa impronta de prolijidad se mantendría intacta, según relata su camarada, el cabo submarinista Rodrigo Chávez, que es parte de la tripulación del ARA Salta: “Fue un soldado de verdad. Uno de los mejores promedios, con una actitud militar intachable. Su porte, su vestimenta siempre elegante, bien presentado, no le encontrabas un defecto ni en su apariencia ni en sus modales; era toda corrección y tenía lo que en la Armada llamamos aptitud militar. David fue un marino intachable dentro y fuera de la institución”.

Llegar a eso no fue fácil. En el secundario tuvo que enfrentar a su abuelo, cuando éste le dijo que no quería que ingresara a aquella fuerza “desconocida”. Su tata era el patriarca familiar y en su tierra, la palabra de los mayores es santa.

–La Marina no, m’hijo, si quiere servir a la patria, ¡sea policía!

El mar, ¿qué era eso si nadie en su familia siquiera lo conocía? Pero David ya estaba decidido a romper el molde. En su viaje de egresados a Villa Carlos Paz, sin decirle nada a nadie, averiguó cómo eran los exámenes para ingresar a la Armada​, se preparó, rindió y entró.

Fue en 2007 y dos años después se recibió de cabo segundo en la Escuela de Suboficiales de Puerto Belgrano. En su ceremonia de egreso, formó junto a sus compañeros de impecable uniforme blanco. Ninguno de los 13 miembros de su familia -padres, abuelos y ocho hermanos- pudo ir por dificultades económicas. Ni siquiera su madre, aunque él sin pedírselo ansiaba que estuviera allí.

Tampoco pudieron estar allí cuando egresó de la Escuela de Submarinos y Buceo en Mar del Plata, y un oficial le colocó la insignia de submarinista en el pecho. Era un prendedor plateado y angosto con lógica silueta de submarino apostado del lado del honor y del corazón. El triunfo de esa sacrificada batalla también la vivió en soledad.

El último viaje

Para 2017, Melián llevaba 10 años en la Armada y los últimos 4 había estado destinado como sonarista al submarino ARA San Juan. Tenía 30 años, era soltero y ya gozaba de casi un mes entero de vacaciones.

Dos meses antes del hundimiento del submarino, David viajó en soledad hasta su provincia. Aún sin saberlo, fue su despedida de todas las personas con las que había compartido el calor de su infancia. El último retorno al origen.

Había concluido la accidentada navegación de julio -en la que el ARA San Juan tuvo un incidente similar al que terminó en tragedia- y a David ya le habían comunicado que iba a pasar al submarino Santa Cruz, que estaba en reparaciones en el complejo CINAR en Buenos Aires.

Al volver de su tierra natal tendría una navegación prolongada en octubre, la última prevista para él en el ARA San Juan, lo que le permitía acumular millas submarinas para su foja profesional.

Sabía que luego pasaría 2018 en “la ciudad de la furia” alejado del mar. Pero una vez allí, en esa desconocida Buenos Aires, David tenía previsto pedir el pase a la Antártida. Ese era su próximo sueño: vivir en una base un año entero y convertirse así en el primer habitante de suelo antártico nacido en su tierra santiagueña de El Bobadal.

Tenía un Fiat Palio color verde agua que había comprado dos años antes, fruto del ahorro meticuloso que le imponía su magro sueldo de cabo, ayudado por residir en una base naval, lo que le ahorraba el alquiler.

Esa mañana, como todas las otras, se levantó a las 5.30, cargó el Palio, tomó la ruta y manejó solo casi sin detenerse los 1.600 kilómetros que separan la Base Naval Mar del Plata de El Bobadal, -en el extremo Este de Santiago del Estero que limita con Tucumán, a 150 kilómetros de Santiago Capital-, donde residen sus padres, sus ocho hermanos, sus primos, sus amigos y su niñez.

Quince horas tardó en atravesar el mapa, como flecha en diagonal, desde el sudeste al noreste. Un camino que ya había recorrido un sinnúmero de veces. Lo hacía al menos dos o tres veces por año. Y desde sus 20, las idas y vueltas las hacía en soledad.

La familia de David es numerosa y sus encuentros son una fiesta. Allí se comen grandes asados, se bailan movidas guarachas, se juega al futbol y se disfruta de tomar mate bien temprano con “la mami” bajo el algarrobo. Don Pedro, capataz de estancia y padre de David, siempre fue el encargado de matar los pollos porque el plato preferido de su hijo ni bien llegaba era fideos caseros con pollo de campo. Doña Francisca, su mamá, los amasa mejor que nadie.

Aquella última visita fue especial. Nada quedó por hacer. Fue como si todos hubieran disfrutado más a David que otras veces. Él pasó muchas mañanas junto a su madre y aunque era de hablar poco dijo lo que le parecía importante: que el año siguiente su hermano Jairo se recibía en la Armada. Y también habló de él. Quería preparar a su madre en caso de que algo malo pudiera pasarle.

David Melián, ex submarinista del ARA San Juan, junto a su hermano Jairo, el dia de su ingreso a la Escuela de Suboficiales de la Armada.

David Melián, ex submarinista del ARA San Juan, junto a su hermano Jairo, el dia de su ingreso a la Escuela de Suboficiales de la Armada.

–Mamá, vos tenés que estar preparada porque si a mí me pasa algo, ¿vos qué vas a hacer? Tenés que saber que esa es una posibilidad y no quiero que sufras –cuenta su madre que le dijo.

Doña Francisca, sin embargo, no reparó en eso sino en lo que David le decía de su hermanito Jairo.

–Mamá, el año que viene cuando se reciba Jairito vos tenés que estar en su graduación en Puerto Belgrano.

-Tenés que venir a Mar del Plata con “el papi” y de ahí vamos todos en el auto. Prepárense, van a conocer el mar–recuerda Francisca y remarca el énfasis con que se lo dijo su hijo.

David pensó en su hermano menor y también en esa ceremonia que él vivió en soledad. Pensó en los sacrificios que estaba haciendo Jairo, que él tan bien conocía, y que ahora merecían el apoyo de la familia porque solo él sabía cuánto costaba llegar hasta ahí.

“Mirá mami, así desfilo yo”, le mostraba con paso firme Jairito a su madre imitando a su hermano. Francisca luego se lo contaba a David como una infidencia. Él sonreía, igual que cuando hablaba con Lourdes, su otra hermana dos años menor que Jairo.

–Y… ¿cómo es la vida arriba de un submarino? Y ¿qué es lo que hace un sonar? ¿A qué profundidad navegan? -arremetía Lourdes, más un sinfín de preguntas como qué comían a bordo del submarino, de cuántas horas eran las guardias y qué tan temprano se tenían que levantar.

David narraba esos mundos lejanos y al hacerlo Lourdes notaba que a él le brillaban los ojos. Estaba orgulloso de lo que hacía. Y veía que su hermano era feliz en ese mundo. A ella eso le gustaba. No se animaba a decirle a su hermano que a ella también le gustaba la Marina. Tenía pudor de que David supiera que el mundo que había descubierto él, a ella la encandilaba.

Él había descubierto ese mundo en soledad. Empezó temprano, como a sus 7 años, cuando le regalaron a su primer caballo: “El Relámpago”. Era un “malacara”, de pelaje rojizo con una mancha blanca que le atravesaba la frente. David lo montaba a toda hora. Fueron grandes compañeros de andanzas, solos, a todos lados ellos dos; aunque si era necesario montaba con él a sus hermanos más chicos.

Una tarde candente a la hora de la siesta, David desapareció con El Relámpago. Cabalgó hasta una acequia donde se junta agua para que beban los animales. Estaba bien crecida porque había llovido mucho; David calculó que no haría pie y se lanzó a bracear y pataleó hasta encontrar el centro.

O ahí mismo aprendía a flotar o se ahogaba. Así aprendió a nadar, ante los ojos de Relámpago sin ninguna otra alma que lo observara. Como él era el único entre sus hermanos y primos que sabía nadar arengó a los más chiquitos a que probaran el placer del agua. Llenó bolsas de arpillera con botellas infladas con aire, las cosió en el extremo y les añadió una cuerda. Allí subía a los más chiquitos que la usaban como balsa, mientras David los paseaba con la cuerda y nadaba por la acequia.

Otras veces improvisaba con alfileres de gancho un anzuelo al que le ponía carnada y con un palito, que utilizaba como caña, pescaba ante la mirada atónita de sus hermanos y primos, pequeñas mojarritas. Luego las freían y las comían como se comen los cornalitos; con sal, limón y lamiéndose los dedos al terminar. David tenía eso, generaba momentos entrañables, secuencias de infancia difíciles de borrar.

“Nadie era como David”, dicen sus hermanas. Porque él nació fuerte, tenía temple, pero también humildad. La Armada -cuenta su madre- lo convirtió en la mejor versión de David. Le dio brillo. Y la posibilidad de una carrera de submarinista a la que pocos marinos pueden acceder. “No es submarinista el que quiere sino el que puede”, es el slogan de los hombres bajo el mar. Por eso, a pesar de que cada vez que volvía a su tierra era una fiesta y él lo disfrutaba, su cabeza estaba en otro lugar.

La primera vez que volvió a su pueblo tras graduarse llevó en el colectivo su uniforme blanco en una funda. Lo llevó porque tenía un plan. Al llegar, todos en su familia le pedían que se lo pusiera. Pero él era muy respetuoso de su uniforme y no accedió. En eso era muy militar. Sólo al día siguiente se vistió con su uniforme blanco y se dirigió a su colegio secundario. Pero lo hizo para entregar folletos de la Armada, para que la gente conociera lo que era esa institución y entonces otros como él se pudieran alistar.

La mañana del 6 de septiembre se levantó bien temprano y se despidió de toda su familia. Debía volver a la Base Naval Mar del Plata a cumplir funciones en el submarino que pronto zarparía junto a la flota de mar en su última misión.

A David no le gustaban las despedidas. Él llegaba y se iba solo. No era de decir nada ni de abrazar a nadie, solo a su papá y a su mamá. Pero esa mañana fue distinta. Esa despedida le costó más. Entonces, abrazó a su madre, a su padre, y a cada uno de sus ocho hermanos.

–Estate contenta mamá, ahora vamos a ser dos marinos –le dijo a su madre. Y de sus hermanos se despidió con un simple: “Nos vemos”. Eso dijo nada más.

Subió a su Palio y se alejó invisible para muchos, levantando una polvareda de patria, a un lado y al otro del camino.

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