Bandera mira al cielo: la pasión por el parapente que nació en plena llanura santiagueña
En el sudeste santiagueño, donde el horizonte parece infinito y la llanura domina el paisaje, un grupo de vecinos de la ciudad de Bandera (Bandera Vuela) decidió desafiar la lógica y apostar por un deporte que muchos imaginan exclusivo de las montañas. Allí, en medio del viento y los campos, el parapente encontró un lugar inesperado para crecer, impulsado por la pasión y la perseverancia de Rodrigo “El Flaco” Ponzo, el hombre que contagió a toda una comunidad con la sana locura de volar.

Lo que comenzó como una curiosidad personal terminó transformándose en un proyecto deportivo y humano que hoy pone a Bandera en el mapa nacional del vuelo libre. Y no solo eso: el grupo ya sueña con competencias internacionales y con representar al país en el próximo Panamericano.
“Yo empecé haciendo un curso de parapente allá por el año 2015. Me gustó y seguí toda la carrera hasta convertirme en instructor, examinador y piloto biplaza”, cuenta Ponzo, quien además logró todas las licencias avaladas por la Federación Argentina de Vuelo Libre para enseñar y formar nuevos pilotos.
En una provincia donde la inmensidad del cielo suele contemplarse desde abajo, ellos decidieron mirarla desde el aire. Y allí encontraron mucho más que un deporte.

La sensación de volar
Quienes practican parapente aseguran que es difícil explicar con palabras lo que se siente al despegar los pies del suelo. El silencio, el viento y la inmensidad generan una mezcla de libertad y conexión con la naturaleza imposible de comparar.

“Arriba cambia todo. Te desconectás de los problemas, del ruido y de la rutina”, coinciden los pilotos bandereños.
La disciplina también tiene un fuerte impacto emocional y psicológico. La adrenalina y la concentración liberan endorfinas y serotonina, las llamadas “hormonas de la felicidad”, ayudando a reducir el estrés y la ansiedad. Pero además existe un componente profundo de superación personal: enfrentarse al vacío y confiar en uno mismo fortalece la seguridad y la autoestima.
En Bandera, esa pasión fue creciendo hasta formar un grupo unido por el deseo de aprender, competir y trascender.

De la llanura santiagueña a las competencias internacionales
Aunque muchos asocian el parapente con montañas o grandes centros turísticos, los pilotos santiagueños encontraron en la llanura otra manera de desarrollar la actividad.
Dentro de las distintas modalidades que tiene el deporte —como acrobacia o vuelos de distancia— el equipo de Bandera se especializó en precisión de aterrizaje, una disciplina técnica donde el objetivo es tocar el centro exacto de una diana marcada en el suelo.
“El centro suma cero puntos y desde ahí se cuenta cada centímetro. Gana el que menos puntos tiene”, explica Ponzo.
La seriedad y el entrenamiento dieron resultados sorprendentes. En el último Campeonato Argentino realizado en San Jorge, Santa Fe, Bandera se quedó con los dos máximos premios posibles.

Rodrigo Ponzo obtuvo el primer puesto en la categoría profesional, mientras que Mario Jiménez ganó en principiantes.
“Los dos primeros puestos del Argentino vinieron para Bandera”, relata orgulloso.
Actualmente, Ponzo pelea el campeonato nacional junto a Andrés Raca, de Zenón Pereira, y Mario Sueldo, de Tucumán. Los tres lograron clasificarse al Panamericano gracias al puntaje acumulado en competencias oficiales.
El año pasado participaron del Pre Panamericano en Arica, Chile, y ahora el gran objetivo será el Panamericano que se disputará en julio nuevamente en tierras chilenas.
Además, Argentina ya fue confirmada como sede del Panamericano 2028, que se desarrollará en San Jorge, provincia de Santa Fe.
Un deporte seguro y abierto para todos
Lejos de los prejuicios o de la imagen de “aventureros extremos”, el grupo de Bandera insiste en remarcar que el parapente es una actividad seria, organizada y con estrictas normas de seguridad.
“Hace diez años que estamos haciendo esto en Bandera y ninguno de los chicos tuvo lesiones ni accidentes. Tratamos de hacer todo con máxima seguridad”, señala Ponzo.
El crecimiento del grupo también involucró a familiares y colaboradores. Incluso la esposa de Mario Jiménez se capacitó como jueza oficial de competencias, demostrando que el parapente abre posibilidades más allá del vuelo.
Uno de los grandes objetivos ahora es sumar más personas a esta pasión.
“Queremos que la gente vea que no somos un par de loquitos sueltos. Cualquiera puede aprender: hombres, mujeres, jóvenes o adultos. No hay límites físicos ni de edad para empezar”, afirma.
Y así, en una ciudad donde nadie imaginaba mirar parapentes surcando el cielo, Bandera encontró una nueva identidad. Una mezcla de viento, pasión y sueños que demuestra que no existen geografías imposibles cuando hay ganas de volar.





