Dolor en toda la provincia por la muerte de Eduardo “El Polaco” Groh Riemersma

Tenía 49 años, era oriundo de Bandera e integrante de una reconocida familia vinculada a la producción agropecuaria. Nieto del histórico agricultor Pío Groh, también era ampliamente valorado por su compromiso con la protección de los animales.

Una profunda consternación provocó en distintos puntos de Santiago del Estero la muerte de Eduardo Groh Riemersma, de 49 años, conocido afectuosamente como “El Polaco”, quien perdió la vida este jueves como consecuencia de las graves lesiones sufridas en un accidente con su motocicleta.

La noticia tuvo un impacto especialmente doloroso en Bandera, su ciudad de origen, donde su familia es ampliamente conocida y respetada por su histórica vinculación con la actividad agrícola y el desarrollo productivo de la región.

“El Polaco” era nieto de Pío Groh, recordado como uno de los históricos agricultores de Bandera. Su apellido forma parte de una extensa trayectoria familiar asociada al trabajo de la tierra, el esfuerzo cotidiano y el crecimiento del sudeste santiagueño.

Aunque desde hacía tiempo se encontraba radicado en la ciudad Capital, Eduardo conservaba fuertes lazos afectivos con Bandera. A ese arraigo se sumaba su reconocida vocación solidaria y su profundo amor por los animales, expresados a través de su labor al frente del Refugio El Montecito de los Canichones.

El trágico accidente

De acuerdo con la información oficial, el siniestro ocurrió alrededor de las 15.40, en la rotonda ubicada en la intersección de avenida Alsina y Ramón Gómez Cornet.

Eduardo circulaba a bordo de una motocicleta Adventure, en sentido este-oeste, cuando por causas que son materia de investigación perdió el control del rodado y derrapó. Como consecuencia de la caída sufrió graves traumatismos en el cráneo y el tórax.

Personal del SEASE acudió al lugar y lo trasladó inconsciente al Hospital Regional, donde ingresó sin signos vitales, según confirmó el médico Francisco Alderete.

De manera preliminar trascendió que un perro podría haberse cruzado en su camino y provocado la maniobra que terminó en la caída. Sin embargo, esta circunstancia deberá ser establecida mediante las pericias y el análisis de las cámaras de seguridad del sector.

El fiscal Martín Silva dispuso la intervención de personal de Criminalística, el relevamiento de las grabaciones de la zona y el traslado del cuerpo a la morgue judicial.

Una ausencia que deja una profunda huella

La muerte de “El Polaco” generó innumerables expresiones de tristeza entre familiares, amigos, vecinos, integrantes del sector productivo y personas vinculadas al proteccionismo animal.

Quienes lo conocieron destacan su sensibilidad, su generosidad y la entrega con la que trabajaba diariamente para rescatar, cuidar y brindar una nueva oportunidad a animales en situación de abandono.

Bandera despide así a uno de sus hijos, integrante de una familia estrechamente ligada a la historia agrícola de la ciudad. La provincia, en tanto, lamenta la pérdida de un hombre que hizo de la solidaridad y del amor por los animales una parte esencial de su vida.

Su partida inesperada deja un enorme vacío, pero también el recuerdo imborrable de su compromiso, su dedicación y la huella que sembró en cada persona y en cada animal que recibió su cuidado. Desde estas páginas acompañamos con respeto y profundo pesar a toda su familia y a sus seres queridos en este momento de inmenso dolor.

Una vida dedicada al cuidado de los animales

Además de su pertenencia a una reconocida familia agrícola, Eduardo construyó una identidad propia a partir de su enorme sensibilidad y compromiso con los animales. Fue el creador del Refugio El Montecito de los Canichones, un espacio nacido de su vocación por rescatar, proteger y brindar una nueva oportunidad a perros que atravesaban situaciones de abandono o vulnerabilidad.

El refugio no era solamente un lugar físico. Representaba una misión de vida para “El Polaco”, quien dedicaba tiempo, esfuerzo y recursos personales para atender a los animales que llegaban hasta allí. Su trabajo cotidiano implicaba alimentarlos, brindarles cuidados, acompañar su recuperación y ofrecerles un entorno seguro.

Con paciencia y afecto, transformó El Montecito de los Canichones en un verdadero hogar para numerosos perros. Cada rescate significaba asumir una nueva responsabilidad, pero también sostener la esperanza de que esos animales pudieran recuperarse y volver a confiar en las personas.

Quienes conocieron de cerca su labor destacan que su compromiso iba mucho más allá de una actividad ocasional. El cuidado de los animales era una parte esencial de su vida, una vocación ejercida con dedicación y sin esperar reconocimientos.

Su tarea despertó respeto dentro del ámbito proteccionista y entre las numerosas personas que siguieron o acompañaron las actividades del refugio. Muchos encontraron en él a una persona dispuesta a ayudar, aconsejar y actuar cuando un animal necesitaba asistencia.

La muerte de Eduardo deja también una profunda preocupación y un enorme vacío alrededor de la obra que construyó. Los animales del refugio fueron parte de su familia y recibieron durante años el amor y la protección que él eligió brindarles.

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