«Esta crisis nos mostrará que ‘todos estamos en la misma barca'»

Con un documento titulado «No tengan miedo, paz a ustedes», los obispos monseñor Vicente Bokalic; el auxiliar, monseñor Enrique Martínez Ossola y monseñor José Corral, de las Diócesis de Santiago y Añatuya saludaron a los fieles en vísperas de las Pascuas. El mensaje de este año hace una clara referencia a la pandemia por la neumonía COVID-19 y expresa lo siguiente:

«Celebrar la Pascua, es volver a creer que Dios irrumpe y no deja de irrumpir en nuestras historias; celebrar la Pascua es no dejarnos soterrar por el miedo y resurgir a la paz. ‘No tengan miedo, paz a ustedes». En el texto de los Evangelios aparece varias veces esta expresión. Junto al no tengan miedo” viene el saludo de “la paz esté con ustedes’. El miedo y la paz, dos realidades tan intensas en nuestra existencia, el miedo como fuerza que reduce y la paz como potencia que expande.

Los discípulos de Jesús lo abandonaron y se dispersaron, lo dejaron solo. Eran duras sus palabras y más escandalosa fue la pasión y muerte de su Maestro. Sus expectativas se habían desmoronado, ‘nosotros creíamos que nos iba a liberar de la esclavitud’, es que estaban en verdad oprimidos y empobrecidos. No habían entendido al Maestro cuando les anticipaba su Pasión, aunque tantas veces y en varias oportunidades les anunció su Resurrección.

Las mujeres que acompañaron a Jesús hasta la Cruz miraban expectantes desde lejos y cuando fue sepultado aún estaban allí. Es que el Señor había hecho algo nuevo en ellas. Por vez primera fueron miradas…abrazadas…tratadas con dignidad. Desde el Amor de Jesús, su respuesta fue amar. Ese Amor las impulsaba, ese Amor las sostenía para quedarse cerca de su Señor: Ellas permanecieron junto a la tumba del Maestro.

Fueron ellas las primeras que tuvieron la gracia de la sorpresa manifestada en la aparición de los ángeles deslumbrantes y en esas palabras: “No teman, yo sé a quién buscan, a Jesús el Crucificado. Vengan a ver dónde lo habían puesto, pero no está aquí: ha Resucitado como había dicho”. Y al anuncio le sigue el envío: “Vayan a anunciar a los discípulos…lo verán en Galilea”. En ese camino, apresuradas, temerosas y alegres el Resucitado se les aparece, y una vez más abrazadas en ese Amor escuchan las palabras de su Señor “no tengan miedo”.

Miedo es una perturbación lógica ante el peligro, ante el riesgo o la amenaza. En la Sagrada Escritura aparece muchas veces esta expresión “no tengan miedo”. El miedo suele llevarnos a aislarnos, deprimirnos y angustiarnos. Los discípulos sintieron miedo, Jesús ante su Hora sintió miedo. Pero el miedo se supera confiando en Dios Providente y con la certeza de que nada puede separarnos de su Amor.

En la escena de la Resurrección se une miedo y alegría: sorpresa ante la manifestación divina y alegría por la noticia: “Ha resucitado, vayan a comunicarlo”. Es la experiencia de las mujeres que reciben el anuncio de la
buena nueva. Sentimos miedo en estos tiempos de la pandemia, por nuestra salud y la de los nuestros, miedo por la inseguridad económica, miedo por un futuro incierto. Hoy escuchamos esta buena noticia: la muerte fue
vencida. El sepulcro no es final. Hay Alguien que, habiendo asumido todo el dolor, todo el mal, y porque amó hasta el extremo, ha vencido la muerte.

EL Papa Francisco nos dice: “este es el fundamento y la fuerza que tenemos los cristianos para poner nuestra vida y energía, nuestra inteligencia, afectos y voluntad en buscar, especialmente en generar, caminos de dignidad. ¡No está aquí … ha resucitado! Es el anuncio que sostiene nuestra esperanza y la transforma en gestos concretos de caridad. ¡Cuánto necesitamos dejar que nuestra fragilidad sea ungida por esta experiencia, cuánto necesitamos que nuestra fe sea renovada, cuánto necesitamos que nuestros miopes horizontes se vea cuestionados y renovados por este anuncio! Él resucitó y con Él resucita nuestra esperanza y creatividad para enfrentar los problemas presentes, porque sabemos que no vamos solos. Celebrar la Pascua es dejar que Jesús venza esa pusilánime actitud que a veces nos rodea e intenta sepultar todo tipo de esperanza.

La sorpresiva visita y encuentro lanza a las mujeres al camino: Ese Amor las abraza y las envía “no tengan miedo”…“vayan a comunicar a los demás…que el Resucitado los espera en Galilea”. La experiencia del Resucitado nos lleva a los demás. No nos deja tranquilos y encerrados en nosotros y en nuestras cosas. Es una experiencia que abre los ojos y el corazón a los hermanos. La alegría debe ser compartida con aquellos que viven en la soledad, en el sinsentido, en la frustración, en su pobreza o sufrimiento. La fuerza del Resucitado nos llena de ingenio creativo para que nadie quede al costado del camino, para sanar las heridas, para que haya entre nosotros un poco más de amor, de justicia, de alegría, de paz…

Esta experiencia que vivimos por la crisis puede encerrarnos en nosotros, quedar recluidos en el miedo y confinados en el pesimismo. No somos sólo seres pasibles y pasivos ante el mal que nos afecta, podemos ser también agentes activos y promotores de un bien mayor. Esta crisis, que nos purificará de muchas cosas superfluas, nos mostrará que “todos estamos en la misma barca”. Pero hay hermanos muy solos y necesitados, no podemos mirar indiferentes para otro lado, queremos atender a los que nadie se ocupa, que están olvidados o despreciados.

El Resucitado vive en la comunidad, vive y actúa en el corazón de cada uno de nosotros, agiliza nuestros pasos para acercarnos a los demás, activa el protocolo de la comunión y de la solidaridad. Sólo así vamos al corazón de la fe y encontramos, como los discípulos, una paz y una alegría que son más sólidas que cualquier duda y cualquier adversidad.

Desde un corazón renovado y resucitado por la gracia de la presencia viva del Señor, abrámonos a los más postergados y sufrientes de la sociedad, recuperemos el sentido y la pertenencia de ser comunidad, unámonos y
organicemos la solidaridad, contagiemos y viralicemos esperanza y alegría.
Cristo resucitó y con él resucita nuestra esperanza y creatividad para enfrentar los problemas presentes, porque sabemos que no vamos solos.

Jesús está con nosotros, cada día nos llama y nos envía a ser testigos de su
resurrección. ‘He aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo’ (Mt 28, 20). Invocamos sobre cada uno de ustedes la bendición de Dios por intercesión de María, la Virgen y Madre del buen Amor y de la Esperanza.
Felices Pascuas!

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