El Río Dulce, un refugio de encuentro y disfrute para todos los santiagueños
El “Mayu Dulce”, nuestro querido Misky Mayu, es mucho más que un curso de agua: es el encanto acuático más entrañable que tenemos los santiagueños, un espacio que abraza generaciones, historias y momentos compartidos.

A su vera, el río invita a detener el tiempo. En invierno, bajo un sol generoso, su caudal parece rozar el cielo y ofrece una paz infinita a quienes se acercan a contemplarlo. En verano, en cambio, se convierte en alivio y refugio frente al calor intenso, con sus aguas como bálsamo para el cuerpo y el alma.
Allí, al borde del río, se vive uno de los placeres más simples y profundos: un mate compartido en ronda, entre amigos o en familia, un ritual que solo quienes están aquerenciados a su tierra saben valorar en toda su dimensión. El Río Dulce es escenario de risas, charlas largas, silencios necesarios y recuerdos que se construyen día a día.
Durante todo el año, el río se transforma en un verdadero remanso, ya sea como “quitapenas”, como punto de encuentro o como escape natural en los días de calor apabullante. Sus espacios públicos, accesibles y abiertos, permiten que vecinos y visitantes disfruten del paisaje, la sombra, el agua y la vida al aire libre, fortaleciendo el sentido de comunidad y pertenencia.

El Río Dulce es bravío y sereno a la vez. En sus orillas, los santiagueños encuentran calma cuando la vida aprieta y felicidad cuando el verano se hace sentir con fuerza. Es parte de nuestra identidad, de nuestra memoria colectiva y de nuestro presente compartido.
Como lo expresa la poesía popular:
Dulce río, gran caudal,
lecho bravío y tranquilo,
santiagueños van a hallar
paz cuando están en vilo.
O en nuestros fuertes estíos,
remanso y felicidad.
Cuidarlo, respetarlo y disfrutarlo con responsabilidad es también una forma de honrar lo que somos. Porque el Río Dulce no es solo paisaje: es encuentro, es descanso y es vida para todos.





