Exitosa participación de alumnas del Weimann en el concurso “Cientichicas de mi País”

Sur Santiagueño les brinda las tres obras premiadas en este importante concurso

Alumnas del Instituto Monseñor Weimann de la Ciudad de Bandera, participaron en este importante concurso a nivel nacional.-

Organizado por «Amautas Huarmis», un colectivo de mujeres relacionadas  diferentes áreas del conocimiento científico que trabajan con la idea de visibilizar el rol de las científicas argentinas.

El objetivo del concurso es promover la interacción entre las científicas y los jóvenes para contribuir con modelos positivos en los que puedan reflejarse.

El concurso consiste en escribir un cuento basado en la vida de alguna científica Argentina a elección, dando cuenta de su aporte a la ciencia. Para lo cual los participantes deben tomar contacto previo con ellas y consultar sobre todos los aspectos que necesiten conocer. Sur Santiagueño les brinda los tres trabajos presentados por Sofía Calcagnoto, Evangelina Macello y Abigail Castro Bosque quien obtuvo el tercer lugar en este importante evento. Queremos destacar el importante trabajo y aporte de su profesora Tilda Pintaudi, quien junto a sus colegas y directivos de la Institución apoyan estas actividades tan valiosas en estos tiempos de pandemia.-

CON UN MOCO VERDE

( Basado en la científica Nadia Chiaramoni. Escrito por Evangelina Macello)
Uno creería que un proyecto escolar de una alumna de once años no sería algo
tan interesante para contar, pero no lo harían si les digo lo que esa niña logro hacer.
Todo comenzó así, Nadia era una simple niña de barrio a la que le gustaba la
ciencia y tenía un carisma inmenso. Un día en la escuela en la cual asistía su maestra le
anuncia sobre la feria de ciencias que realizará la institución.
La idea de ganarlo tenía encantada a Nadia, el poder crear algo y presentárselo
a los demás la ponía ansiosa. Cerca del mediodía cuando volvió a su casa, mientras le
contaba a su madre se dio cuenta del tiempo que tenía, solo dos semanas para crear o
armar algo. Inmediatamente fue al living, en donde tenía una biblioteca algo chica, pero
llena de libros de ciencia ficción y revistas de tecnología y ciencias aplicadas. A todas
estas ya las conocía de memoria y le gustaban casi por igual, aunque había una que le
fascinaba: “Moco verde ataca”. La hipnotizaba esa historia, una científica obsesionada
por la ciencia crea un monstruo baboso y gigante de color verde que aterrorizaba a toda
la ciudad. En su mente sabía que funcionaría, así que leyó de nuevo una por una las
revistas, buscando algún tipo de receta para crear uno.
Ya habiendo pasado dos días seguía sin encontrar nada, hasta que una noche
que llegó su madre de trabajar le trajo una revista muy colorida que vio en una vidriera
camino a casa. Ella sabía lo importante que era para Nadia ese proyecto así que no dudó
en comprarla para regalársela.
En la portada tenía varios dibujos de personas con batas y un título muy
llamativo, “Receta para monstruos”, claro la madre pensaba que eran experimentos
para hacer en casa, y en eso no se confundía, pero lo que no tuvo en cuenta lo certero
de esto. Siendo un experimento comprobado cuyo resultado era una masa diminuta con
algo de movilidad propia, el resultado que iba a obtener Nadia no era tan leve.
Al día siguiente, Nadia anotó los “ingredientes” que le harían falta, y salió de su
casa para buscarlos. Fue a la farmacia, al supermercado y hasta a una ferretería. Pensaba
que todos los químicos que necesitaba eran necesarios, por ende no le parecía raro
pedirlos en cada lugar, hasta que se dio cuenta que le faltaban dos componentes, A y B,
no sabía que eran, pero al no conseguirlos, los descartó.
Ya con todos los ingredientes, comenzó a mezclarlos siguiendo las instrucciones
y al final dejándolo reposar toda la noche. Se fue a dormir ansiosa, y aunque le costó
conciliar el sueño, unos fuertes ruidos, aparentemente provenientes del garaje, hicieron
que se sentara en la cama. Asustada y en pijamas se dirigió al patio para luego tratar de
abrir la puerta pequeña del garaje, allí divisó una sombra gigante que se movía haciendo
ruidos diferentes. Gracias al resplandor de un foco encendido que había en el patio,
pudo ver que tenía algo parecido a una boca gigante. Deslumbrada por lo que vio dio un
alarido tan fuerte que hizo que el moco gigante comenzara a moverse más rápido,
escapara por un ventiluz y hasta alejarse de su casa.
No sabía qué hacer. Se quedó afuera un rato, preocupada, ya que no quería salir
sola a esas horas de la madrugada pero sentía que no podía dejar que algo que ella había
creado y aún no sabía bien que era, circulara libremente. Cuando empezó a aclarar, se
cambió y sin decirle a su madre salió a buscarlo.
A una cuadra de su casa lo encontró, no era tan grande como para verlo de lejos,
pero lo suficiente para no perderlo de vista. Estaba apoyado en una pared llena de tierra
y de él continuaban saliendo ruidos algo extraños, como si estuviese atemorizado.
Nadia se acercó, extendió su brazo para tocarlo y este reaccionó moviéndose
algo agitado, por lo que la niña comenzó a hablarle. Palabras y frases como “tenemos
que volver” o “soy tu amiga” hicieron que la siguiera hasta su casa. Lo que más la
emocionó fue que su creación podía entender lo que ella decía.
Al llegar, trató de pasar por el comedor sin hacer ruido hasta llegar a su
habitación. Ahí volvió a hablarle, trató de explicarle con palabras fáciles que no entendía
lo que estaba pasando pero que lo necesitaba para un proyecto de su escuela.
Ya que Nadia logró que el copiara algunos de sus gestos y aprendiera a hablar,
los días siguientes ambos se dedicaron a preparar la exposición, fueron horas y horas de
hablar de ciencia pero también de muchas risas porque una característica particular de
su nuevo amigo era el sentido del humor. Siiii, todo lo explicaba con ejemplos cómicos
y chistes.
Y así fue su presentación, un show de stand up para explicar este gran invento
científico. Desde ese momento Nadia advirtió que la ciencia no tiene que ser algo rígido
como pensaba de pequeña, que unida al humor puede generar muchos adeptos. Y así
lo hace desde ese momento, eso sí, con su amigo incondicional acompañándola
siempre.

Amiga de Coquena (Basado en la científica Viviana Bilá. Escrito por Abigail Castro Bosque)
Era una cálida mañana de noviembre, una suave brisa acariciaba mi piel y se
paseaba por los pétalos de las flores que habían florecido gracias a la primavera; era
el último día de clases y es por eso que, a mis 58 años, aún no lo olvido.
Desde que tengo memoria recuerdo que era muy distinta a mis compañeros
del colegio. Mi espontaneidad muchas veces llevaba la impronta de ser encasillada
en un estereotipo. Quizás, por mi estilo atípico, mi look hippie o por ser fanática del
rock nacional. Sí, claramente era muy diferente a ellos por mi personalidad y mis
gustos. Siempre había sido aplicada en mis estudios y debido a eso, otra vez, me veía
etiquetada. A veces, me llamaban «bochito», pero yo no me consideraba una nerd ni
tampoco, como se suele decir, una «chupamedias» de los profesores.
Aquel día, entré al colegio cabizbaja absorta en mis pensamientos, observando
las baldosas blancas y negras del pasillo que conducía a mí aula. Cuando me asomé
por la puerta del salón, vi a uno de mis compañeros sentado en su banco y con un
montón de libros a su alrededor; estaba intranquilo, como si algo lo abrumara. No me
resistí a mi espíritu solidario y le pregunté:
-¿Por qué tenés esa cara? ¿Te pasó algo?
-Tengo que presentar esta tarea y no puedo terminarla. – Me contestó
suspirando.
-Yo te ayudo. -Le dije, con una leve sonrisa en mi rostro. Me satisfacía ayudar
a mis compañeros.
De pronto, oí un par de tacones resonando sobre el suelo del pasillo, era una
caminata firme y decidida. Mis compañeros, alborotados, ocuparon sus asientos y
simultáneamente el salón fue inundado por el silencio.

  • ¡Buenos días chicos! -Dijo con esa simpatía que tanto la caracterizaba.
  • ¡Buenos días profe! – Contestamos al unísono.
    Uno podría creer que la curiosidad nace de uno mismo pero mi profesora de
    biología impartía esa curiosidad y, cuando la curiosidad es potencializada, las
    posibilidades emergen. Era una profesora excelente, le encantaba dar clases en el
    laboratorio y nos enseñaba a disfrutar de los experimentos. En aquel laboratorio, en
    ese entorno de indagación y exploración, fue que confirmé que quería ser científica.
    Pasaron las horas y la vibrante campana comenzó a resonar por todo el
    colegio, anunciando que ya había llegado la hora tan esperada por muchos; el
    momento de tomar nuestras mochilas y volver a casa. Me despedí de mis compañeros
    y caminé a paso apresurado por los pasillos de mi colegio hacia la salida, estaban
    repletos de alumnos que salían de sus aulas; todos ansiosos de irse y yo no era la
    excepción. O quizás sí. Mi emoción no se debía a que las clases habían llegado a su
    fin, sino a que mi abuela me había prometido llevarme de vacaciones, según ella, a
    un lugar espléndido y muy especial.
    Mi emoción e inquietud me perturbaban tanto que me permití imaginar cual
    sería el lugar ideal. Así que comencé a pensar en lugares en los que hubiese mucho
    verde, paz y tranquilidad; puesto que mi abuela tenía una sensibilidad muy especial
    por la naturaleza. Mientras iba fantaseando con los supuestos sitios a los que mi
    abuela me llevaría, repentinamente, me topé con lo que parecía ser una especie de
    librería. No me hubiese detenido si no me hubiera percatado de los libros que se
    exhibían en la vidriera y, en especial, uno de ellos. Era el último. El último que me
    faltaba para completar la colección de Mundo Submarino. Era fanática del explorador
    e investigador Jacques-Yves Cousteau y, por supuesto, no podía perderme la
    oportunidad de tener la colección completa de este naval. Sin dudarlo, entré y me lo
    compré. No me importó tener que gastar mis ahorros, el libro lo valía.
    Apenas llegué a casa me dirigí a mi cuarto, solamente para dejar mi nuevo libro
    junto a los demás de la colección y para pararme al frente de mi ventana. Podrá sonar
    extraño pero, la razón de este acto tan anormal, se debía a un sticker que Cousteau
    me había mandado en respuesta a la carta de puño y letra que le había escrito. Solo
    me paraba al frente de mi ventana a contemplar la pegatina que, en aquel entonces,
    era «casi como un título de doctora en ciencias biológicas». Habría seguido allí parada
    si no hubiese sido por Lila, mi mamá, que me interrumpió con un donoso gesto que
    indicaba que mi abuela ya había llegado por mí. Mi madre también tenía una
    sensibilidad muy especial por la naturaleza que, indudablemente, había heredado de
    mi abuela y me lo había transmitido a mí. Solo que su sensibilidad estaba ligada a las
    sensaciones físicas que nuestro cuerpo experimenta al entrar en contacto con la
    naturaleza. Amaba sentir como los rayos del sol te calientan la piel o como el agua
    fría te pone piel de gallina. -¡Bibiana!- Exclamó mi mamá, recordándome que ya tenía
    que irme. Me despedí de ella y subí al auto.
    Ya cuando estaba en el auto, miré por la ventana para ver si adivinaba adonde
    nos estábamos dirigiendo, el clima cálido parecía abrazarme con la corriente de aire
    que entraba por la ventana. Estaba tan perdida en la vista que me ofrecía el otro lado
    del cristal que ni siquiera me percaté de que ya habíamos llegado a destino.
    Un silencioso lugar hermoseado de cadenas montañosas disfrazadas del
    verde vegetal, ese era el sitio en el que Meme, mi abuela, me llevaba de vacaciones;
    a Córdoba. Una provincia distinguida por sus valles y sierras.
    Bajé lentamente del auto, como si fuese una zona prohibida. ¿Quién negaría
    un paseo por un lugar tan glorioso? El sitio era simplemente maravilloso.
    Mi abuela me tomó suavemente de la mano y con una sonrisa pícara me hizo
    una seña de “escape”. – ¡Vamos! – Me dijo, y con mucho entusiasmo empezamos a
    correr. Su estado físico y su sentido de la justicia eran cosas que mantenía, a pesar
    de su edad. -Paremos, quiero que veas algo. – Susurró agitada.
    -Bibi, observá el cielo. Es increíble ¿no? Una bóveda sobre la cuál pasean los
    astros y se distribuyen los planetas, las estrellas, la luna y el sol. Una estrella gigante
    que determina el paso de los días y cada una de las estaciones percibidas y, de esa
    manera, el universo se vuelve un proceso interminable que una vez que acaba vuelve
    a comenzar. Estos son los ciclos de la naturalez…-Sus palabras impactaron tan
    fuertemente en mí que la interrumpí con un gran abrazo para separar el espacio que
    nos distanciaba, cerré mis ojos y disfruté del momento. Nuestro abrazo fue
    interrumpido por el chillido de un pichón. Mi abuela no dudó en auxiliarlo, sin duda,
    era una “rescatista nata”; todo pichón caído del nido, que llegaba a sus manos, tenía
    altas chances de salvarse. –Bibi, la vida es una sola, y nosotros los humanos una
    expresión de la misma, y los animales simplemente otra forma de expresión. – Me
    susurró mientras socorría al pequeño animalito. Su concepción de la vida era muy
    similar a la de los pueblos indígenas. Quizás eso humanizaba a los animales, pero
    también nos hermanaba con ellos.
    Las experiencias vividas a lo largo de nuestra existencia, los grupos a los que
    pertenecemos, el ambiente en el que nos desarrollamos, nuestros ídolos, la cultura y
    nuestra familia actúan como determinantes de nuestra personalidad, de nuestros
    gustos y de nuestra vocación. Experiencias tan lindas como estas son las que hacen
    florecer aquel deseo e interés que sentimos en nuestro interior de emprender una
    carrera, una profesión o cualquier otra actividad. Pero, también hay otras que pueden
    causar en nosotros efectos adversos.
    -Quiero estudiar biología. – Afirmé. Mi padre me regaló una mirada
    desaprobatoria.
    Él no comentó nada más al respecto y yo me quedé callada, como si las
    palabras se hubiesen esfumado de mi vocabulario, como si hubiese olvidado como
    hablar. De todas las personas a mí alrededor, nunca me hubiese imaginado que mi
    padre lo negaría. Su manera de dejarme en claro que no me apoyaría fue evitando
    darme fondos para mi carrera.
    Experiencias como estas pueden derribar nuestras aspiraciones o
    fortalecerlas. En mi caso, mi vocación fue tanta que comencé a trabajar como maestra
    de ciencias para niños en talleres; y mi padre -al notar aquella dedicación- cambió de
    opinión. Pero eso no fue todo.
    El mundo de la ciencia fue difícil al principio. Por un lado, la matemática, la
    física y la química eran una nueva exigencia para “la chica abandera de la secundaria”
    y estaba a maltraer con ese requerimiento. Por otro lado, la relación de la mujer con
    la ciencia muchas veces se veía obstaculizada por prejuicios y estereotipos de
    género.
    Al principio, me ayudó ser mujer; porque yo viajaba sola, agarraba mi mochila,
    mi telescopio, mis planillas y me iba. La gente por un lado no entendía y nunca faltaba
    la pregunta «¿usted anda por aquí solita?»
    Cuando mis hijos -Jerónimo y Francisco- eran pequeños, también fue difícil
    mantener el equilibrio entre el trabajo y la maternidad; la gente, a veces, puede ser
    muy prejuiciosa. Recuerdo cuando estuve en Wildlife Conservación Research UnitUniversidad de Oxford- y quise tener un bebé. ¡Estás loca! -Comentaban- ¡Haciendo
    un postdoctorado querés tener un bebé!
    Mis compañeros de laboratorio por un lado, estaban sorprendidos y por otro
    decían: «Bueno, es una latina. Las latinas tienen hijos».
    Por eso, debemos entender que no debemos huir de nuestros problemas y
    dolores, sino que debemos ir en busca de soluciones. Así nuestras aflicciones se
    transformarán en oportunidades. Aquella beca del Conicet, fue una oportunidad y el
    comienzo de algo grande.
    Comencé a estudiar vicuñas porque, en aquel entonces, me encantaba el
    altiplano; y buscando una especie silvestre que viviera allí y que haya sido poco
    estudiada fue que la encontré. Me resultaba un animal sumamente interesante como
    modelo biológico, pero jamás había visto una en persona.
    Recuerdo la primera vez que vi una vicuña, yo tenía 23 años. El lugar estaba
    adornado de cerros de tonos negros y rojizos en el que había un espejo de agua de
    color turquesa rodeada de una costa blanquecina y salitrosa. Y allí mismo, en Laguna
    Blanca en Catamarca, se lograba visibilizar-con un poco de esfuerzo- aquellas
    criaturas camufladas entre la vegetación.
    -Este es el bicho. -Dije a penas la ví.-Son animales hermosos.-Comenté.
    -Sí.-Afirmó el señor que estaba a mi lado. Era un hombre con rasgos muy
    particulares; piel mestiza, ojos negros, cuerpo robusto y de vestimenta confeccionada
    con pieles de animales.
  • Por eso, Coquena se encarga de cuidarlas.
    -¿Quién es Coquena?-Pregunté extrañada.
    -Coquena es un pastor, chiquitito, que tiene un sombrero de vicuña. Castiga a
    todos aquellos que maltratan a las vicuñas y cuando ellas van en fila por aquel cerrodijo señalando con el dedo-las va arriando, aunque vos no lo veas. Porque nosotros
    no lo podemos ver. – Contestó con mucha seguridad.- Fue ahí cuando tomé la decisión
    de imitar la tarea de aquel ser místico llamado Coquena.
    Las vicuñas son animales preciosos, muy interesantes tanto desde el punto de
    vista biológico como desde el económico, pero también poseedores de un enorme
    valor simbólico para los pueblos originarios.
    Por eso hay que hacer valer la seriedad científica, hay que tener rigurosidad y
    esfuerzo. Tenemos que ser más valientes, aunque parezca mentira, aunque parezca
    que hoy la mujer tiene mucha valentía. Premios como el Midori, me demostraron que
    el esfuerzo tiene sus recompensas y que como científicos tenemos la tarea de ser
    divulgadores. Porque cuando un niño ve que personas de carne y hueso están
    haciendo o hacen algo parecido a lo que puede soñar impulsan a que sienta y diga
    «yo quiero hacer eso», quiero trabajar como este señor, quiero hacer lo mismo que
    ésta investigadora, quiero inventar, quiero trabajar en un laboratorio.
    Debemos movilizar esa potente fuerza motriz llamada curiosidad; que nos hace
    abandonar nuestros límites, explorar, descubrir y expandir nuestros conocimientos,
    debemos reencontrarnos con ella y cultivarla día a día

LAS PREGUNTAS DE GABRIELA( Basado en la científica Nadia Chiaramoni. Escrito por Evangelina Macello)
Gabriela, una niña de ocho años, con cabello largo y castaño, ojos claros, y
bastante alta para su edad. Dora, una mujer de cuarenta años, sabia, y muy amable, y
por ultimo Pedro, un hombre de cuarenta y tres años, castaño y ojos claros. Vivían en
Córdoba, una de las provincias de Argentina.
Gabriela pasó toda su infancia rodeada de personas muy buenas, ya sean amigos
o familiares. A Gabriela, le encantaba el universo, la galaxia, las estrellas, le encantaba
imaginar mundos posibles que podrían suceder allí.
Eran las diez de la noche, hacía mucho frío, en el cielo no había ni una sola
estrella, los perros no ladraban y los gatos no maullaban, todo estaba tranquilo, Dora y
Pedro, los padres de Gabriela, estaban en el primer piso de la casa cenando, pegados a
la chimenea, por supuesto, eran fanáticos de cenar o ver películas de terror al lado de la
estufa hogar, ya que largaba un calorcito muy agradable al cuerpo.
Gabriela estaba en su habitación, sentada al lado de la ventana, observando el
cielo, y haciéndose miles de preguntas que en ese momento para ella no tenían una
respuesta, pero… ella sabía que en algún momento de su vida, ella misma las
respondería. Mientras pensaba y miraba por su ventana hacia el cielo, algo raro le
sucedió, vio un puntito de luz volando por el cielo, Gabriela pensó que era una
luciérnaga, pero luego se dio cuenta que ese puntito estaba a miles de kilómetro de ella.
En ese momento recordó que su madre le había contado un cuento de hadas en el cual,
una niña le pedía un deseo a ese puntito de luz y días después se le cumplió.
La niña fue corriendo a contarles a sus padres lo que había visto, ella lo llamó
“puntito de luz volador” porque era lo que a simple vista podía observar.
-GABRIELA- ¡Mamá, mamá! ¡Ven rápido!
-PEDRO- ¿Qué pasó hija?
-GABRIELA- ¡Es el cielo!
-DORA- Pero… ¿Qué tiene el cielo?
-GABRIELA- ¡Hay un puntito de luz volando en el cielo!
-PEDRO- ¿Un puntito de luz volando?
-GABRIELA- Si…
-DORA- oh… ya se… lo que viste no es un puntito de luz, es una estrella fugaz.
-GABRIELA- ¡Exacto! Así se llamaba
-DORA- ¿Quieres que te acompañe a pedirle un deseo?
-GABRIELA- Si, por favor…
-PEDRO- Y bien Gabriela, ¿Qué deseo pedirás?
-GABRIELA- Pediré… pediré… ah ya se… “Deseo poder responder todas mis preguntas”
-DORA- ¿A qué preguntas te refieres?
-GABRIELA- Una vez que las responda, podrás saberlas…
-DORA- Esta bien… Ahora a dormir, porque mañana tienes escuela.
GABRIELA EN SU HABITACION
-GABRIELA- ¿Será posible ver lo que sucede dentro del universo? Algún día quisiera
descubrir algo de él, sé que es mi futuro, es mi sueño y hare lo posible por cumplirlo.
Se acerca el día del cumpleaños número 12 de Gabriela
-GABRIELA- Mama, ya sé que voy a pedir para mi cumpleaños.
-DORA- ¿Y qué vas a pedir?
-GABRIELA- ¡Quiero un telescopio!
-DORA- ¿Estás segura? ¿No eres muy pequeña?
-GABRIELA- No, mamá, estoy segura, ¿recuerdas el deseo que pedí de pequeña?
-DORA- Si lo recuerdo
-GABRIELA- Bueno, creo que llegó el tiempo de ponerme a hacer todo lo posible para
lograrlo.
-DORA- Está bien hija, pero espero que lo utilices bien.
-GABRIELA- Lo haré
CUMPLEAÑOS DE GABRIELA
Son las siete de la mañana y todos están durmiendo, menos Dora, ella está
preparando el pastel y adornando la casa para hacerle una sorpresa a Gabriela, ya casi
estaba todo listo, solo faltaba envolver el regalo en un empaque bonito, y llamar a sus
amigas para que a las nueve ya estén acá y sorprenderla aún más.
Son ocho y media y las chicas están por llegar, usualmente Gabriela se suele
levantar a las nueve, así que hay que ser muy cuidadosos, no vaya a ser que en uno de
esos casos, Gabriela se levante antes de que lleguen sus amigas.
Por fin son las nueve, sus amigas ya están aquí, y Gabriela está a segundos de
levantarse, la están esperando en su habitación, Dora con el pastel en sus manos, Cintia
una amiga, sostiene el regalo, y Pedro y las demás niñas tienen globos en sus manos.
Gabriela despierta, y créanme que la reacción de ella, no fue como lo esperaban,
en lugar de estar feliz y contenta, se puso a llorar, y no fue de emoción, fue de angustia,
de miedo, de desesperación. Nadie entendía lo que le sucedía, parecía que en lugar de
estar en un cumpleaños, estaba en funeral. Gabriela les conto a sus padres el motivo de
su llanto, lo que le había sucedido era que había tenido una pesadilla, pero para ella no
fue solo eso, para ella, era una señal de que algo malo le estaba por ocurrir, y se
preguntaran ¿Qué cosa mala le puede suceder a una niña de doce años en el día de su
cumpleaños?, ella también se lo preguntaba, pero simplemente no había una respuesta
clara y concreta.
-DORA- ¿Qué sucede Gabriela? ¿Por qué lloras?
-GABRIELA- Tuve una pesadilla, más que pesadilla, fue una señal.
Dijo entre llantos.
-PEDRO- ¿Pero qué pesadilla? ¿Y qué señal?
-GABRIELA- Si papá, una señal, lo que pasa es que, en mi sueño me apareció una mujer
o un hombre, la verdad no se bien, solo se le veía la silueta, y era parecida a la de una
mujer, pero no llegué a distinguir bien.
-DORA- Bueno, pero ¿te hizo algo?, o, ¿te dijo algo?
-GABRIELA- Me dijo que si no hacia lo que ella decía, todo en mi vida iba a cambiar, y no
de forma bonita, sino que nada de lo que yo quiera me saldrá bien, y me dijo que el
causante de todo esto es el collar que traía puesto anoche, ¿Recuerdan? Me lo dio la
abuela Antonia por mi cumpleaños.
-DORA-Si lo recuerdo, pero ese collar no tiene nada de malo, es más, es muy bonito.
-GABRIELA- Si es muy bonito, pero dentro de la piedra azul que tiene en el centro, hay
una maldición, y si me lo llego a sacar todo lo que tenía planeado para mi futuro
desaparecerá.
-PEDRO- A ver, a ver, ¿me estás diciendo que ese collar tiene una maldición?
-GABRIELA- Exacto
-PEDRO- ¿Perdieron la cabeza? ¿Se dan cuenta de lo que dicen? Eso solo sucede en
cuentos… ¡en cuentos!
-GABRIELA- Papá te juro que es verdad, si me lo quito la maldición aumentará aún más,
y no será solo para mí, sino que para todos nosotros.
-PEDRO- A ver Gabriela, solo fue una pesadilla, no te sucederá nada malo ni a ti, ni
mamá, ni a mí, tranquilízate, y todo va a estar bien.
Las amigas de Gabriela se habían ido desconcertadas, pero una vez que Gabriela
terminó la conversación con sus padres, las llamó para que pudieran reunirse. Les contó
todo, y las amigas, simplemente la trataron de loca.
Por unos días ellas se distanciaron de Gabriela, todo empezaba a empeorar, sus
notas en la escuela no eran las mismas, sus calificaciones habían bajado, su vida social
acabó, se la pasaba encerrada en su cuarto. Claramente le echó toda la culpa al collar,
que no se lo había sacado desde días antes de su cumpleaños.
Comenzó a investigar en internet sobre maldiciones en collares, y se dio cuenta
que todo lo que aparecían eran mitos, y que la pesadilla que había tenido el día de su
cumpleaños, no era más que eso… una pesadilla, le costó entender todo esto, ya que
ella afirmaba que era una señal, y que simplemente toda la “mala suerte” que tuvo por
días, la atraía ella con su mala vibra.
Poco a poco volvió a su vida rutinaria, recuperó sus calificaciones y volvió a
establecer relación con sus amigas.
Pero a Gabriela aun le faltaba algo, algo que desde antes de estos sucesos,
anhelaba descubrir, y son las respuestas a sus miles de preguntas. Aún no había utilizado
el telescopio que le habían regalado, y encontró el momento oportuno para comenzar
con sus investigaciones, tomó un libro de física y comenzó a investigar sobre el espacio,
y en una de las páginas se encontró con un título que le llamó mucho su atención,
“ONDAS GRAVITACIONALES” y en la página siguiente el título era “RELATIVIDAD
GENERAL”.
Después de años y años de investigar, a sus dieciséis años se dio cuenta que
Einstein tenía razón, las ondas gravitacionales si existen y son importantes para poder
abrir una ventana de observación sobre el universo.
Gabriela estaba más que feliz, ya que le faltaba un año para terminar la
secundaria y poder estudiar sobre la física y además, encontrar el amor, ese amor que
soñó desde pequeña, y estaba segura que sería una persona apasionada a la física, igual
que ella.
Y así fue, después de terminar la secundaria y entrar a la “Universidad Nacional
de Córdoba”, hizo muchas amistades, y le iba muy bien en las clases, era lo que le
enardecía y no pararía hasta conseguirlo.
Un día un profesor le dio la posibilidad de dar un discurso sobre los proyectos de
la universidad, ya que ella era la mejor de la clase, junto con un chico del otro curso, se
tuvieron que reunir para organizar los tiempos de duración de cada discurso.
Gabriela no tenía intenciones más allá de una amistad, pero Jorge logró enamorarla con
su inteligencia, además de ser muy amable y cariñoso.
Hasta el día de hoy llevan una relación muy bonita, Gabriela logró responder
todas sus preguntas, esas que anhelaba responderlas desde pequeña, fue ganadora de
muchos premios y organizó muchos proyectos, los cuales tuvieron mucho éxito.
¿Y el collar? Sigue siendo uno de los recuerdos de su infancia que atesora, lo
demás solo su imaginación.

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