Jueves Santo homilía del obispo José Luis Corral desde la catedral de Añatuya

Este jueves Santo, directamente desde la Catedral de AñatuyaSur Santiagueño comparte con sus lectores la homilía de la Santa Misa celebrada por el obispo José Luis Corral.

Cabe recordar que en esta fecha se celebra La Última Cena. El Lavatorio de los pies, La institución de la Eucaristía y del Sacerdocio y La oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní.

Homilía

Este jueves Santo celebramos el amor de Dios que se nos manifiesta en la entrega de Jesús cal mundo. Jesús se da como pan vivo para que en Él tengamos vida, Él mismo nos dice que quién come de su cuerpo tiene vida y vida eterna. Comulgar con el cuerpo de Cristo es ser incorporados a é y hacernos uno en Él.

También nos manifiesta su amor inclinándose a lavar los pies a sus discípulos en medio de la cena de despedida donde celebraba la Pascua judía y también su propia Pascua.

El cenáculo como lugar de intimidad es donde el Señor nos abre su corazón y nos regala su amistad, allí recibimos sus palabras, sus gestos y sus deseos más hondos. Por eso este es el día, por excelencia, donde agradecemos el Sacramento del amor, de la reconciliación y de la unidad; agradecemos el Sacramento de la Eucaristía, la institución del sacerdocio, el mandamiento del amor fraterno y el anhelo profundo de que todos seamos uno en Él.

En la última cena contemplamos las manos de Jesús que nos ha convocado a participar de su mesa, a ser contados entre los suyos, a los que eligió para compartir este momento. 

Las manos de Jesús toman un pan y toman la copa de vino, Él da gracias al Padre y luego los comparte con las palabras de tomen y beban, también pidiéndonos que lo hagamos siempre en memoria suya. Estás manos que toma el pan, lo parte y lo reparte, nos muestra que la vida de Jesús es un darse completamente, nada retiene, nada lo detiene y se ofrece sin reservas. 

Jesús conoce nuestra hambre y por eso se nos ofrece cómo van pan nuevo, fresco y tierno, la vida como un pan que tiene su corteza y su miga, su lado fuerte y parte frágil, crujiente y quebradizo, sus tiempos y procesos de preparación y de cocción.

Nos decía Mons. Jorge Cuerva en la homilía de la celebración de los 500 años de la primera misa en suelo argentino “Jesús sacia no solo el hambre material, sino el más profundo, el hambre de sentido de la vida, el hambre de Dios. Nos hemos acostumbrado a comer el pan duro de la desinformación; el pan viejo de la indiferencia y la insensibilidad; estamos empachados de panes sin sabor, fruto de la intolerancia; el pan agrietado por el odio y la descalificación…Tenemos hambre, Señor, del pan de tu Palabra capaz de abrir nuestros encierros y soledades. Tenemos hambre, Señor, de fraternidad para que la indiferencia, el descrédito, la descalificación no llenen nuestras mesas y no tomen el primer puesto en nuestro hogar. Tenemos hambre, Señor, de encuentros donde tu Palabra sea capaz de elevar la esperanza, despertar la ternura, sensibilizar el corazón abriendo caminos de transformación y conversión. Tenemos hambre, Señor, de experimentar como aquella muchedumbre la multiplicación de tu misericordia, y partir y compartir la compasión del Padre hacia toda persona, especialmente hacia aquellos de los que nadie se ocupa, que están olvidados o despreciados.”

Comulgar con el Señor es dejar que Él sacie nuestra hambre, abrir nuestras manos para recibirlo, a Él que nos dice: tomen y coman, tomen y beban…y recibir su mandato de hacerlo permanentemente en memoria poniendo también nuestras manos en las suyas para partir y repartir el pan a los hermanos.

Las manos de Jesús se quitan el manto, toman la toalla y  se ponen a lavar los pies a sus amigos, a los discípulos, nos muestra el amor gratuito e incondicional del Señor que no vino a ser servido sino a servir.  Él se pone de rodillas delante de nosotros para lavar los pies y nos dice como a Pedro que si no nos dejamos lavar no tenemos nada que ver con Él.

 Muchas veces nos es más fácil servir que dejarnos servir, no siempre nos confiamos de un amor tan incondicional que se pone totalmente a nuestro servicio, nos cuesta dejarnos amar… Jesús al tomar entre sus manos nuestros pies toma contacto con aquello por donde nuestros pies han pisado, con todo lo que en la vida se nos ha adherido, por los caminos acertados que anduvimos y por los equivocados o perdidos. Al lavarlos quiere purificarnos de todo aquello que nos ensucia, contamina o mancha. Él hace lo que hacían los esclavos o las madres, revisa nuestras heridas del camino para sanarnos y darnos alivio. En Jesús Servidor descubrimos a Dios que se abaja hasta el polvo, que no se escandaliza de nuestros pies y de nuestras vidas.

Jesús en la cena nos muestra hasta dónde llega el amor, el amor hasta el extremo, el amor que se expresa en obras más que en palabras… Por eso el evangelio nos relata una seguidilla de acciones; levantarse, quitarse, atarse, tomar, inclinarse, lavar, secar, volver, sentarse, decir…por eso podríamos decir que más que amor es amar, ama amando.

Un amor que no hace mucho ruido, ese es su estilo simple y sencillo, como repartir el pan, ofrecer una copa de vino, lavar y secar los pies.

 Un amor creativo porque en medio de la cena se pone a lavar los pies, y es un recordatorio que el servicio no se hace desde arriba como quien da una propina o una limosna. Si no desde abajo, desde la horizontalidad de quién sabe ponerse al mismo nivel para elevar a los demás, que la lava los pies a todos y no pisotea a nadie.

 La Iglesia celebra la memoria de Jesús, para que no sea olvidado, para que sea inolvidable su entrega amorosa y sea siempre viva, actual y eficaz.  La Iglesia nace y vive de la Eucaristía, lo ha hecho desde sus inicios y lo hará hasta la venida del Señor; siempre y en toda circunstancia, en todos los tiempos y en todo lugar, no ha dejado de celebrar la Eucaristía.  

Seguimos siendo invitados a participar su mesa, en el mismo es anfitrión, comida y servidor; somos también invitados a dejarnos transformar en aquello que recibimos.  Cuando recibimos el cuerpo de Cristo recibimos el mismo don de la redención que nos alcanzó con su muerte, por eso es el banquete del cordero pascual.

 Jesús venía de Dios y a Dios volvía, el Padre todo lo había puesto en sus manos y sus manos ahora se abren para entregarlo todo; El Jueves Santo nos deja la lección del amor fraterno para que en nuestras comunidades no haya dominadores ni oprimidos, nadie busque privilegios ni distinción, que el grande se haga pequeño y el que quiera ser primero sea el servidor de todos.  

La autenticidad de neutra fe se expresará en el amor y en el servicio, más que nunca en estos tiempos, participar del amor de Cristo es proseguir extendiendo e invitando a todos a la mesa de la fraternidad, y sirviéndonos los unos a los otros para elevarnos juntos en dignidad y en solidaridad.

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