Quién es Angélica Serrano, la mujer que se convirtió en la cara visible de la lucha del pueblo tonokoté «Yaku Muchuna»

Conocé la historia de esta persona que aprendió a no bajar los brazos y, sin darse cuenta, un día se descubrió liderando su comunidad contra quienes pretendían desmontar su tierra.

El sitio Territorios y Resistencias, recordó el Día Mundial de la Educación Ambiental, que se conmemoró el pasado 26 de enero. Y no fue casualidad la elección del día, para que desde el espacio Chicas Poderosas Argentina -una comunidad de mujeres y personas no binarias en medios que crean oportunidades para que todas las voces sean escuchadas-, publicara una investigación federal sobre el impacto de la crisis climática en Argentina.

De los distintos trabajos presentados, dos santiagueñas: Marcela Arce (periodista) y Florencia Navarro (fotoperiodista), contaron la historia de Angélica Serrano, perteneciente a la comunidad Yacu Muchuna, del pueblo tonokoté, quien como tantas otras mujeres campesinas, lucha contra el desmonte.

A continuación, reproducimos parte del informe realizado por Arce y Navarro:

Yaku Muchuna significa en quichua “agua escasa”. Es el nombre que recibe esta comunidad, ubicada en el paraje de San Felipe del departamento de Figueroa, donde está uno de los últimos bosques nativos de la provincia. No es fácil llegar hasta allí. Desde la capital provincial, hay que transitar más de 100 kilómetros de pavimento por la ruta 5, luego otros 20 más de ripio por la ruta 2 y los últimos 6 -de tierra- por la ruta 100. Son caminos intrincados, arenosos, que se bifurcan como laberintos en el monte.

Aunque es una comunidad antiquísima, cuenta con luz eléctrica desde 2018. Es una de las 27 comunidades del pueblo tonokoté reconocidas en Santiago del Estero por el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), pero el proceso de autopercibimiento como integrantes de una comunidad originaria no fue fácil. Hubo que comprobar el carácter ancestral de la ocupación del territorio y eso requirió de varias investigaciones por parte del estado provincial y del INAI que derivaron en el autoreconocimiento de las primeras 14 familias de la comunidad. Luego se sumaron otras 10.

En Yaku Muchuna tienen una escuela primaria, con personal único, y una pequeña capilla. La conexión a internet se da sólo por zonas y en determinados momentos del día. Es difícil comunicarse. Bicicletas y motos son el medio de movilidad habitual.

La comunidad está compuesta por 24 familias, que se dedican principalmente a la cría de animales para uso doméstico, en un territorio de 8.431 hectáreas relevadas por el INAI, aunque se espera que el próximo relevamiento incluya más de 5.000 hectáreas que están en disputa.

Lareferente principal de la comunidad, la kamachej, es una mujer de 43 años. Es la jefa guía del pueblo Yaku Muchuna, perteneciente al Consejo Llajtaymanta del Pueblo Tonokoté que nuclea a las comunidades indígenas de los departamentos San Martín, Avellaneda, Figueroa, Capital y Banda. Su nombre es Angélica Serrano.

Sueños truncos

Desde su lugar, sentada bajo el techo de su hogar, una vivienda social que recibió de las autoridades del gobierno provincial en 2018, Angélica va desgranando su historia, que se entrelaza con la historia de su tierra, de su comunidad, aquella que tiene como protagonista a un pueblo originario olvidado e invisibilizado. Su voz no se detiene. Tiene mucho para contar.

Angélica creció en este bosque al que en Santiago del Estero llaman monte. Su abuelo era un hachero, su abuela se dedicó de lleno a su rancho, a sus hijos, a sus nietos, a la cría de animales y a hacer todo lo necesario para sobrevivir en ese territorio que, décadas atrás, era demasiado hostil.

Ninguno sabía leer ni escribir. Por eso, a pesar de sus carencias y sus limitaciones, se esforzó y llegó a convertirse en la abanderada de su escuela. Soñaba con “ser alguien”. Pero esos sueños se truncaron cuando estaba a punto de terminar la primaria.

Tenía 13 años cuando una tía regresó de Buenos Aires y le dijo que una familia la necesitaba allí como niñera de sus hijos. De un día para el otro, sin poder decir nada, se fue de su tierra con la promesa de enviar dinero a sus abuelos. Era el “destino” que tenían marcado casi todas las jóvenes campesinas allí y tenía que cumplir con ese mandato.

Angélica recuerda que enfermó, pues además de ser niñera tuvo que ocuparse de todos los quehaceres de una enorme casa. Era una presión excesiva para una niña sola en la inmensa y desconocida Buenos Aires.

Así regresó a San Felipe tres años después. Aunque intentó terminar la primaria, tuvo que emigrar de nuevo porque llegó una carta de la misma tía diciendo que le había encontrado un nuevo trabajo como niñera, esta vez, en el conurbano bonaerense.

Lucha por la tierra

Volvió dos años después, en 1996, pero ya era muy grande para volver a estudiar. Tenía 18 años. Esta vez, su regreso fue definitivo. Encontró su lugar en la iglesia católica y comenzó a participar de todas las actividades que proponía la Diócesis de Añatuya. Se convirtió en catequista de un grupo joven parroquial llamado “Infancia Misionera”, animadora y hasta rezadora.

En el camino conoció el amor y formó su familia con Héctor Eduardo Mansilla, con quien tuvo a sus tres hijos: Gabriel, Lucía y Rocío.

Haciendo CLICK AQUÍ, puedes leer el trabajo de investigación completo publicado en el sitio Territorios y Resistencias.

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