“Rosas comprendió la estrategia de Ibarra como columna del federalismo”

Pacho O’Donnell rememora la hazaña del caudillo santiagueño, en el marco de los 200 años de la Autonomía provincial.

El santiagueño, a quien se conoció como “la columna fuerte de la Federación”, fue un caudillo decididamente comprometido con la causa federal a pesar de que en no pocas oportunidades fue atacado por poderosos ejércitos unitarios y en otras tentado con importantes recompensas en dinero y en influencia debido a que la ubicación de su provincia en el centro el país era de suma importancia para asegurar el predominio territorial de alguno de los bandos en pugna.

Así lo describe a Juan Felipe Ibarra el reconocido historiador Mario Pacho» O´Donnell, a quien también lo define como una personalidad destacada en el federalismo del interior país, y que después lo replicarían otras provincias.

Desde Sur Santiagueño, compartimos su reflexión sobre el caudillo santiagueño:

«Santiago del Estero había vivido momentos de opulencia antes de la apertura del puerto sobre el Río de la Plata, cuando el comercio era con Potosí, Cuzco, Lima y las recuas de mulares y las carretas cargadas de productos que intercambiaban las regiones no podían soslayarla. Es el asentamiento más antiguo del territorio argentino, data de 1551. El clima subtropical, desértico, caluroso y seco, no favorecía la cría de ganado vacuno  ni caballar. En su reemplazo sus mulas y ovejas se vendían en los mercados del noroeste.

En épocas de la colonia había encomiendas de indios diaguitas y calchaquíes que se sublevaron varias veces poniendo en riesgo las vidas y las haciendas de europeos y criollos. Francisco de Aguirre fundó la ciudad en 1553,  vecina de la desaparecida del Barco II, a orillas del río Dulce. Pasó de la capitanía de Chile al Virreinato  del Perú en 1563 siendo la capital de la gobernación de Tucumán, teniendo autoridad sobre la administración de las actuales Tucuman, Jujuy, Salta, Catamarca y La Rioja. Abastecía a las minas altoperuanas de carros, mulas y alimentos. En aquellas épocas gozó de mucha actividad comercial pues era la comunicación entre Lima y el Río de la Plata. Luego fue gradualmente sustituida por Córdoba.

Felipe Ibarra nació en Matará  el 1º. de mayo de 1787, próximo a la frontera con los belicosos indígenas de las selvas chaqueñas, hijo mayor de familia de abolengo y  fue enviado a Córdoba a estudiar en  el prestigioso Colegio de Monserrat, lo que  desmiente, en éste y otros casos, la propaganda de los liberales, como se rebautizaron los unitarios, sostenida en nuestra historia consagrada de que los caudillos federales fueron iletrados. Debió abandonar las aulas en el segundo año del secundario por la muerte de su padre aunque conservaría la amistad de varios de sus distinguidos condiscípulos, algunos de los cuales colaboraron con su gobierno.

Se incorporó a la guerra de nuestra independencia integrando la primera fuerza de voluntarios reclutada en su provincia por un gran patriota, el capitán Jorge Francisco Borges, donde revistó como subteniente de la 3ª. Compañía de Patricios Santiagueños. Se destacó en el Ejército del Norte  a las órdenes de Belgrano, ganando un Escudo de Honor en el combate de “Las Piedras”, exaltado en la versión original de nuestro Himno. También participa en las batallas de Tucumán y Salta, al cabo de las cuales es ascendido a capitán “por acción de guerra”. Cuando San Martín asume como nuevo jefe del ejército patriota lo incorpora a su Estado Mayor el 20 de abril de 1814.  Luego servirá a las órdenes de José Rondeau y participará del desastre de Sipe Sipe. Cuando Belgrano regresa a conducir nuevamente la guerra en el Noroeste el santiagueño sería su edecán. Luego, ya comandante, lo destinó al reclutamiento de santiagueños para las fuerzas independistas. Queda aún por reivindicar la decisiva importancia que tuvieron los soldados de dicha provincia en la heroica integración de nuestros primeros ejércitos a favor de su convicción patriótica y de su capacidad para sobrellevar las penurias de una guerra siempre en inferioridad de condiciones y en geografías que ponían a prueba las fortalezas física y psíquica. 

Condecorado en varias oportunidades a lo largo de un lustro de combates contra los realistas, celebrado como temible “sableador”, Ibarra entablará en el ejército nacional relación con personajes con los que luego volverá a encontrarse, ya sea como aliados o como enemigos: Dorrego, Güemes, Paz, Lamadrid, Bustos, Rondeau, Balcarce y otros.

Como se puede apreciar a lo largo de estas páginas es unánime la participación destacada de los futuros caudillos federales en las guerras de nuestra independencia. Es ello lo que les confiere un profundo amor por una patria a la que han defendido con riesgo de sus vidas y por la que han luchado en la vasta geografía de las Provincias Unidas, característica que no será común en los unitarios porteños salvo excepciones, predominando aquellos que nunca salieron de los límites de su ciudad y a quienes les resultaba más familiar el conocimiento de los pensadores europeos de la época que el contacto con las razas, las tradiciones y las costumbres de su tierra.

 Ni Rivadavia, ni los hermanos Varela, ni Salvador María del Carril ni aquellos que dominaron la política de nuestro país durante tantos años podían vanagloriarse de haber empuñado armas para defenderlo. Por el contrario sus conspiraciones para entronizar algún príncipe europeo en el Río de la Plata como estrategia para oponerse al temido intento de recuperación de la antigua colonia por parte del regresado Fernando VII demostraban su desconfianza en el éxito de quienes guerreaban convencidos de que el coraje y patriotismo de los gauchos sería suficiente para terminar con la dependencia.   

El destino del santiagueño comenzó a perfilarse cuando Belgrano lo designa comandante general de la frontera de Santiago el Estero con el indio el 30 de agosto de 1817. Se crea el Fortín de Abipones y allí Ibarra descubriría su capacidad de hacerse respetar por indios y criollos,  organizando una precaria fuerza armada que, de todas maneras, sería la más importante de su provincia. 

El federalismo de Ibarra no fue el de algunos jefes como Artigas o Dorrego que abrevaban en el conocimiento de experiencias ajenas como la norteamericana o la suiza, sino el de los que se oponían a que el puerto les impusiera sus intereses y bregaba porque las provincias tuvieran autonomía para elegir sus autoridades y darse sus leyes,  el federalismo de  los que se oponían a que sus producciones industriales o artesanales fueran arrasada por los productos importados que los “dueños” del puerto permitían ingresar libres de impuestos y contra cuyos precios y calidades era imposible competir, el federalismo de quienes se mantenían fieles a las tradiciones católicas teñidas de hispanismo y rechazaban las ideas masónicas y positivistas que pretendían debilitar la relevancia social de lo religioso. “Religión, política y economía eran para Ibarra una misma obligación gubernativa “(L. Alén Lascano).

En 1814 el Director Supremo, Gervasio Posadas, había incorporado a Santiago del Estero y Catamarca a la gobernación de Tucumán. A ello se opuso el capitán Borges y lo paga con su vida, fusilado por Lamadrid el 1º. de diciembre de 1816 por orden de Belgrano quien debe de haber considerado que su insurrección, justificada o no, ponía en peligro la precaria independencia sancionada hacía pocos meses.

El cabildo santiagueño reclamó su autonomía en 1820 pero Tucumán envió fuerzas para reprimir el intento. Es entonces cuando entra en acción Ibarra, reclamado por sus comprovincianos como el único capaz de defenderlos, quien avanza sobre la ciudad reclutando entusiastas adeptos a su paso.

El Acta de la Autonomía santiagueña votada entre vítores el 27 de abril de 1820 decía:

“Nos los representantes de todas las comunidades de este territorio de Santiago del Estero, convencidos del principio sagrado que entre hombres libres no haya autoridad legítima sino la que dimana de los votos libres de los ciudadanos. Tomamos al Ser Supremo por testigo y juez de la pureza de nuestras intenciones en la declaración solemne que vamos a hacer.

Artículo 1º: Declaramos por la presente Acta, nuestra jurisdicción de Santiago del Estero uno de los territorios unidos de la Confederación del Río de la Plata.

Artículo 2º: No reconocemos otra soberanía ni superioridad, sino la del Congreso de nuestros coestados que va a reunirse para organizar nuestra federación.

Artículo 3º: Ordenamos que se nombre una Junta Constitucional para formar la Constitución provisoria y organizar la economía interior de nuestro territorio, según el sistema provincial de los Estados Unidos de América del Norte, en tanto como lo permitan nuestras localidades.

Artículo 4º: Declaramos traidores a la patria y castigaremos como a tales, a todo vecino o extranjero que por palabras o por escritos, y con más fuerte razón a los que con actos violentos conspirasen contra este acto libre y espontáneo de la soberanía del pueblo de Santiago.

Artículo 5º: Ofrecemos nuestra amistad a nuestros respetables hermanos y conciudadanos del Tucumán y el olvido de lo pasado a los que nos han ofendido, inmolando todo resentimiento sobre las aras de la religión y de la patria”.

En la referencia a la Carta norteamericana se percibe la influencia artiguista.

Ibarra derrota al coronel Echauri, jefe de las fuerzas tucumanas  y a los pocos días, en medio del clamoreo de los santiagueños, sobre todo de la chusma que veía en él alguien distinto a los “posibles”y “decentes” que desde siglos atrás los condenaban a la servidumbre y a la miseria, asume como gobernador, cargo que ocupará hasta su muerte en 1851.

En 1821, apoyado por sus gobernadores vecinos Bustos y Guemes,  forzó a  Bernabé Aráoz, gobernador tucumano que años más tarde sería acérrimo enemigo de Guemes y en parte culpable de su muerte, a desistir de sus intentos de reconquistar Santiago del Estero y a firmar el pacto de Vinar  el 5 de junio de 1821  por el que ambas provincias, además del compromiso de no agredirse, asistirían a concurrir al congreso constitucional federalista convocado por Bustos en Córdoba y que sería saboteado finalmente por Buenos Aires.

Santiago del Estero quedó así integrado a la pléyade de provincias mediterráneas inclinadas hacia las posiciones federalistas, conjuntamente con Córdoba, La Rioja, San Juan, Catamarca y San Luis. La astucia política del santiagueño haría que en vez de perseguir a quienes en el escenario de su provincia fueron partidarios de las políticas porteñistas los integraría en su gobierno, asentando así una amplia base de apoyo a sus políticas. Quizás como reflejo de su elevada aunque interrumpida formación escolar evidenció una exquisita capacidad de elegir a sus representantes, privilegiando sus condiciones intelectuales. Por ejemplo al fallido congreso cordobés envió a Apolinar Saravia y lo mantuvo allí largo tiempo en la esperanza de evitar su fracaso.

Sus comunicaciones con Bustos enfatizaban su apoyo: “Ya he dicho en otra ocasión a ese gobierno que la voluntad de mi provincia está decidida por la instalación del Congreso General. Nada podrá hacerla variar de esta idea con la que debe contar V.E. en todo este tiempo”.  Luego, al congreso rivadaviano de 1824 que sancionó la constitución unitaria de 1826 rechazada por las provincias federales, envió como sus representantes a José Ugarteche, destacado jurisconsulto y doctrinario federalista,  y a Manuel Dorrego, de activa y patriótica actuación denunciando las trapisondas de Rivadavia y los suyos y defendiendo los derechos cívicos de la plebe.

Esto último lo llevó a cuestionar apasionadamente  la constitución de Rivadavia que suspendió, por el voto mayoritario de los diputados, el derecho a votar de los menores de edad, los analfabetos, los naturalizados en otro país, los deudores privados y del tesoro público, los dementes, los vagos, los procesados por delitos infamantes. Pero también a los «criados a sueldo, peones jornaleros y soldados de línea», es dcir a los sectores populares. Dorrego levantó su voz:

«He aquí la aristocracia, la más terrible, porque es la aristocracia del dinero (…) Échese la vista sobre nuestro país pobre: véase qué proporción hay entre domésticos, asalariados y jornaleros y las demás clases, y se advertirá quiénes van a tomar parte en las elecciones. Excluyéndose las clases que se expresan en el artículo, es una pequeñísima parte del país, que tal vez no exceda de la vigésima parte (…) ¿Es posible esto en un país republicano?».

Siguió en ese tono: «¿Es posible que los asalariados sean buenos para lo que es penoso y odioso en la sociedad, pero que no puedan tomar parte en las elecciones?». El argumento de quienes habían apoyado la exclusión era que los asalariados eran dependientes de su patrón. «Yo digo que el que es capitalista no tiene independencia, como tienen asuntos y negocios quedan más dependientes del Gobierno que nadie. A ésos es a quienes deberían ponerse trabas (…) Si se excluye a los jornaleros, domésticos, asalariados y empleados, ¿entonces quiénes quedarían? Un corto número de comerciantes y capitalistas».

Y señalando a la bancada unitaria: «He aquí la aristocracia del dinero y si esto es así podría ponerse en giro la suerte del país y mercarse (…) Sería fácil influir en las elecciones; porque no es fácil influir en la generalidad de la masa, pero sí en una corta porción de capitalistas. Y en ese caso, hablemos claro: ¡el que formaría la elección sería el Banco!». Seguramente ya había varios poderosos e influyentes que veían en él un enemigo peligroso cuya eliminación sería conveniente.

La actitud y la verba de don Manuel no estaba disociada del gobernador a quien representaba, el que le enviaba consejos u órdenes, por ejemplo, para que disputara la propiedad de las palabras, sabedor de que la guerra se libraba también en la semántica:  “Estoy seguro que ya es llegado el tiempo de hacerles entrar en vereda a fuerza de bayonetas a los que se han tomado el nombre de nacionales dándonos a nosotros el de anarquistas, cuando a ellos toca aplicar ese nombre”.

Las circunstancias nunca fueron fáciles para el gobernador santiagueño y a veces fue el azar quien acudió en su ayuda. Con el objetivo de mejorar la comprometida situación económica de su provincia Ibarra dictó en agosto de 1822 un decreto que imponía gravámenes a los productos importados protegiendo así a las industrias locales. También ordenó la acuñación de monedas de plata de uno y medio real con el objetivo de impulsar el comercio santiagueño. Pero se descubrió la circulación de moneda falsa y se acusó de ello al boticario francés Michel Sauvage quien fue azotado públicamente por orden del gobernador de acuerdo a las leyes entonces vigentes que,  aunque puedan parecernos hoy repulsivas, eran un avance humanitario sobre el difundido hábito de pasar por las armas por motivos con frecuencia fútiles.

Sauvage decidió vengarse y entonces, amparado en las sombras de la noche, se llegó a la casa de Ibarra y asomó su trabuco a través de la ventana abierta por el calor de la noche santiagueña y disparó contra la cama donde siempre dormía el gobernador. Pero esa noche la había cedido a su amigo Damián Garro, quien pagó con su vida la amabilidad de Ibarra. El francés fue aprehendido y esa vez lo que recibió no fueron azotes sino los plomos de un pelotón de fusilamiento.

Rosas comprendió la importancia estratégica de Ibarra como columna del federalismo en el interior del país lo que lo ayudaría a preservar  su poder en Buenos Aires para resistir el acoso de los directoriales devenidos en unitarios, justificados en sus convicciones por la experiencia centralista de su admirada Francia. Es al santiagueño a quien don Juan Manuel escribió “la causa de la Federación es tan nacional como la de nuestra independencia  política de España y de toda dominación extranjera. Pero tiene enemigos más activos y mucho más terribles porque cuenta con mil modos de enmascararse, que no tenían los de nuestra independencia. Es preciso no contentarse con hombres ni con servicios a medias y consagrar el principio de que está contra nosotros el que no está del todo con nosostros” (L. Alen Lescano).

Quien anudó la relación entre ambos fue Manuel Dorrego, superior de Rosas a quien había nombrado Comandante de Milicias y también, como hemos señalado, representante de Ibarra en la Legislatura porteña. Lo curioso es que el Restaurador y el santiagueño nunca se conocieron personalmente pero basaron su vigorosa amistad en una intensa correspondencia.

Ibarra, a pesar del respeto que le inspiraba el gobernador de Buenos Aires,  no tenía inconveniente en plantear con franqueza opiniones distintas, por ejemplo acerca de su deseo de dictar una constitución nacional, a lo que como hemos ya visto, Rosas se oponía. La insistencia de Ibarra, como de otros jefes federales, se debía a que una autoridad nacional de corte federalista podría garantizar que no hubiera predominio de una provincia sobre otras, que garantizara la paz interior impidiendo los permanentes y desgastantes conflictos interprovinciales,  y que tomase a su cargo la distribución equitativa de las rentas de la aduana y otros ingresos a nacionalizar lo que paliaría la difundida pobreza que asolaba a su provincia.

En 1826 el caudillo santiagueño, al unísono con otros gobernadores federales, había rechazado la constitución unitaria que personalmente le presentó el emisario de Rivadavia, el doctor Tezanos Pinto, grotescamente ataviado con levita y sombrero alto de copa, que consideró adecuado para tan ceremoniosa circunstancia a pesar del sofocante calor de la hora de la siesta santiagueña. Este lo recibió, recién sacado de su siesta de enero, aún tendido en su cama, descalzo, en camiseta y una vincha ciñendo su abundante cabellera, “en traje semisalvaje, tomado de propósito para poner en ridículo al Soberano Congreso”, según informó luego el enviado, de regreso en Buenos Aires. Dicha anécdota ha recorrido los textos de la historiografía liberal como una muestra del contraste entre lo civilizado y lo bárbaro, obviándose la evidencia de que chocaban allí dos culturas contrapuestas y que lo que en uno era absurdo empaque en el otro era distendida familiaridad. 

Santiago del Estero fue frecuentemente atacada por adversarios que deseaban romper su alianza con la Córdoba de Bustos y La Rioja de Facundo, que conformaban una fortaleza federal en el centro de la república. En mayo de 1827 sería el turno del gobernador catamarqueño Manuel Gutiérrez quien sólo lograría mantenerse en poder de  Santiago por una semana. Con él había llegado un representante de los “civilizados” provincianos adherentes al unitarismo porteñista, Hilario Ascasubi, autor del “Santos Vega”. “Me apoderé del archivo, del bastón y sombrero elástico del gobernador y con ellos encasquetado me presentaba en las guerrillas que tuvimos por 2 ó 3 días, de banda a banda en el río,  a las cuales yo asistía llevando a mi lado al célebre cura Gallo, secretario de Ibarra, junto a otro general santiagueño llamado Giaspa a quienes ponía a mi lado en las guerrillas para que no me tiraran mucho al verme con el sombrero de Ibarra, pues yo me jactaba de ser el gobernador sustituto desde que tenía su bastón y su sombrero”.

Lamentándose no poder dar muerte a Ibarra, reconoció Ascasubi en carta a Sarmiento desde París que “esas muchachadas  me costaron inmensos trabajos cuando Quiroga e Ibarra derrotaron al general Lamadrid en Tucumán”. Para el “alumbrado” provincial eran “muchachadas”, es decir picardías, el haber tenido que poner de escudo para salvar su vida al venerable presbítero Pedro León Gallo, signatario de la Independencia argentina en 1816.

Otra vez sería el turno del incansable y obstinado Lamadrid quien permitió a sus hombres cometer todo tipo de depredaciones, a las que se referiría Ibarra en una comunicación a Bustos: “Asesinatos sin discriminación de personas , edades ni clases, robos, estupros, violaciones, incendios de poblaciones enteras, son los rasgos con que han marcado el orden que traían por divisa”.  Sin duda estas aberraciones son las que alimentaban la lealtad de los santiagueños con el caudillo y que obligaban a los invasores a emprender la retirada al poco tiempo, incapaces de sostenerse ante el acoso y el saboteo.

Como ya hemos visto Lamadrid, al servicio de los unitarios,  fue luego derrotado por Facundo e Ibarra en “El Tala”, pero no hubo tiempo para festejos porque el santiagueño debió regresar con sus montoneras a su provincia para enfrentar a una poderosa fuerza al mando del coronel Bedoya. Su inferioridad hace que abandone la capital provincial y acompañado de hombres, mujeres y niños leales ponga en práctica la táctica de “tierra arrasada”, es decir quemar cultivos y forrajes, cegar pozos de agua y acequias y  llevar al arreo todo el ganado y la caballada para que el enemigo no encontrase alimentos ni suministros, tampoco reparo en esa geografía y ese clima inclementes. El astuto Ibarra remató sus acción haciendo que los pocos caballos que les quedaban a Bedoya y los suyos fueran llevados hacia las únicas pasturas de la región. Allí encerraron a los animales y quemaron los pastizales adyacentes, al tiempo que los montoneros atacaban a los unitarios a descampado y cegados por el humo. “Bedoya apenas alcanzó a huir chamuscado y con su tropa raleada  por las deserciones y esa misma noche abandonó la ciudad hacia Tucumán , vencido sin combatir, derrotado por un enemigo fantasmal y con sus hombres muertos de sed en aquel verano inclemente , mientras Ibarra volvía a posesionarse tranquilamente de la capital provincial” (L. Alén Lascano).

La insistencia organizativa de los caudillos hará que Quiroga, Bustos, López e Ibarra convoquen a un cónclave en Santa Fe al amparo del Tratado defensivo de 1827 firmado entre las cuatro provincias federales. Santiago del Estero designó a Urbano de Iriondo, culto amigo santafesino. Es que el ascenso al gobierno de Manuel Dorrego había redoblado las esperanzas federales y su fusilamiento estremecería al gauchaje provincial de indignación. Vendrían entonces la declinación del cruel Lavalle a manos de Rosas, la reunión del Pacto Federal de 1831 , y luego sería el tiempo del astuto Paz y sus victorias en “La Tablada” y “Oncativo” que dieron vuelta la taba favoreciendo al unitarismo y obligando al caudillo santiagueño, ante el ataque de fuerzas tucumanas y catamarqueñas,  a refugiarse en Santa Fe “hasta que tomen otro aspecto las cosas”, como escribe a Rosas el 29 de agosto de 1830. Pero no permanece pasivo y participa de una reunión de jefes federales  presidida por López y Quiroga y a la que también acuden Cullen, Echague, Solá, Ibarra. Bustos está ausente pues agoniza por las heridas recibidas en combate.

El santiagueño no se arredra ante las dificultades y en carta a Rosas escribe “puedo reunir mas de 500 hombres santiagueños y tucumanos de los que andan sueltos  que creo suficientes  para concluir con la actual administración de Santiago del Estero y asegurar esta provincia contra Tucumán. Pero para un movimiento de esta naturaleza debo contar con el auxilio de ud. de armas, caballos y dinero, y al mismo tiempo la cooperación de estos pueblos para llamar la atención del general Paz , a quien podemos luego dar el golpe entre todos”.

El Restaurador daría satisfacción a esa demanda enviándole cien mil  pesos y  una partida de santiagueños reclutados en otras Santiago del Estero que combinó sus acciones con el Ejército Confederado al mando de López, según lo decidido en el Pacto Federal.

El primer objetivo fue marchar contra el coronel Deheza, jefe de las fuerzas catamarqueñas, quien ejerció una terrible y sangrienta tiranía en el territorio santiagueño, compitiendo en latrocinios con el gobernador tucumano Javier López. Asegurada su provincia Ibarra  se dispuso a batir los reductos unitarios de Tucumán y Salta para evitar rebrotes enemigos. Antes escribe al gobernador salteño  Rudecindo Alvarado haciéndole conocer los propósitos de su ofensiva militar el 17 de mayo de 1831: “Usted está impuesto de los sucesos que me han causado compromisos y disgustos; no deberá ignorar que unos y otros son obra de hombres exaltados que apelaron a las vías de hecho para constituir el país a su modo (…) fui rastreado por asesinos que enviaban los organizadores y precisado a buscar fuera de mi casa el sosiego y seguridad que no hallaba en ella. Aún humea la sangre que desde entonces se ha vertido a torrentes en esta infeliz provincia por los mismos de quienes espera Ud. la felicidad común. Ésos son los verdaderos aristócratas que se creen con derecho a destruir a lo que llaman chusma, y a cuanto hombre de influjo no piense como ellos”.

Es claro que al caudillo santiagueño no escapaban los rasgos autoritarios y clasistas del unitarismo. La guerra civil era también guerra de clases. Ello puede leerse en otro documento de notable lucidez a raíz de la imposición de contribuciones forzadas a los “notables” unitarios de Santiago del Estero: “Para hacer que esta pensión gravite únicamente sobre personas que espontáneamente se prestaban a no omitir sacrificio alguno a fin de sostener la anterior administración, cuyo manejo abolía la justicia social y destruía la especie humana” (Comunicación del 16 de julio de 1831)

Luego sería la prisión de Paz y se abrirían tiempos calmos para los caudillos federales. Ibarra, liberado de la guerra, asumió la gobernación de Santiago del Estero el 16 de febreo de 1832. 

En su franca epistolaridad con Rosas aprovechó para insistir con el proyecto de convocar a un congreso constitucional, aun sabiendo que el gobernador bonaerense era contrario a tal idea. Le expone  “un asunto que desde el año 10 ha sido el objeto de nuestros sacrificios y ahora llama preferentemente la atención de los gobiernos de la República […] Si no activamos la reunión de una asamblea constituyente para tener leyes nacionales y un gobierno general suficientemente vigorizado que las haga cumplir ¿cómo podremos llenar aquel sagrado compromiso de descansar un momento, de no poder colgar la espalda hasta que el país tenga leyes fijas e invariables que afiancen su felicidad presente y futura?” (Carta del 17 de noviembre de 1832)

Como es de imaginar a Rosas,  renuente a perder los privilegios de gobernar Buenos Aires y convencido de que le correspondía contar con recursos para financiar los conflictos bélicos internacionales y nacionales que afrontó durante su período,  confiesa su fastidio en carta a Facundo Quiroga del 16 de diciembre de 1832 en la que reitera los argumentos esgrimidos en distintas comunicaciones con otros gobernadores y que desarrollaría extensamente en la “Carta de la Hacienda de Figueroa”: “Mi amigo querido: Por la copia inclusa de la carta que he recibido del señor Ibarra verá usted que resucita la idea de la convocación de un congreso,  bien que no es todavía sino una opinión que se somete a discusión por las vías confidenciales que son justas y decentes, pero no he podido menos que extrañar que el señor Ibarra se refiera a la conferencia que tuvo con el señor Cavia, porque si no ha emitido opiniones propias, las mías se las expliqué antes de su salida de un modo muy claro. Además en punto a Congreso las instrucciones dadas al señor Cavia son terminantes. Copio a usted los artículos para que por ellos tome una idea del sentido en que ha debido trabajar en los pueblos del tránsito: a la letra son como siguen: «4º. Que mientras que las Provincias de la República no hubiesen organizado su sistema representativo y afianzado su administración interior; mientras no hubiesen calmado las agitaciones internas y moderádose las pasiones políticas que la última guerra ha encendido y mientras la relación que tomen las relaciones sociales y de comercio bajo los auspicios de la paz no indique claramente los principales puntos de interés general que deben ocupar nuestra atención y facilite los medios de expedirse, cree el Gobierno de Buenos Aires que sería funesto a los intereses de todos empeñarse en la reunión de un Congreso Federativo porque no podríamos contar en la elección de representantes con la imparcialidad y cordura que deben presidir a una obra de tanta trascendencia (…) He contestado al señor Ibarra con la franqueza que acostumbro, explicándole mis opiniones respecto a la formación de un Congreso; y satisfecho de que usted opina como yo, confío en que contribuirá por su parte a que haya prudencia y espera para no correr el riesgo de nuevos trastornos”.

Pero otras cartas del santiagueño hacían evidente el afecto casi filial que siente por don Juan Manuel: “Igualmente expreso a U. la mas viva gratitud por las hermosas cintas y moños punzó con que nos ha favorecido. Ellos han brillado entre los adornos de nuestras damas en cuatro costosos bailes que han tenido lugar en este pueblo, dados dos por mi, uno por el ministro Gonda, y otro por los demás empleados. En todos ellos el entusiasmo federal ha llegado a su colmo y el de U. ha sido mil veces repetido entre vivas aclamaciones. Jamás se habían visto aquí diversiones tan espléndidas como estas. Baste decir a U. que señoras y hombres, todo sin excepción de una sola persona han jurado solemne y públicamente perder primero la sangre que la divisa querida de la Santa Federación. Deseo a U. la mejor salud y que ordene lo que guste a este su decidido amigo QBSM. Felipe Ibarra”.

Pero otro motivo de disgusto de Rosas con Ibarra surgiría en 1839 a raíz de que Domingo Cullen, pariente político de Estanislao López y a quien había sucedido como gobernador de Santa Fe, fue acusado de connivencia con la flota francesa que bloqueaba Buenos Aires. Había dirigido una circular a los demás gobernadores argumentando que la guerra contra los franceses era tema exclusivo de Buenos Aires y que el resto de las provincias no estaban obligadas a participar de ella. Rosas ordenó aprehenderlo y fusilarlo. Cullen debió huir de su provincia y se cobijó bajo la protección de Ibarra con quien entablado amistad en el tiempo en que el santiagueño había buscado refugio en Santa Fe huyendo de Paz. La nobleza de Ibarra seguramente le hizo natural ayudar al amigo en desgracia. El Restaurador monta en cólera contra el santiagueño y no responde a sus comunicaciones.

Como el silencio subsistiera en el tiempo un ofendido Ibarra escribió a Buenos Aires el 9 de abril de 1839 con irónica altivez: “S.E ha tenido sin duda por conveniente no contestar a ninguna de todas estas comunicaciones, pues a Santiago no ha llegado una sola línea escrita, y en este caso el infrascripto Gobernador, en atención a lo que debe a su provincia y a la dignidad del puesto que ocupa, no puede menos que preguntar si existe a la cabeza del gobierno de esa Provincia el Exmo. Sor. Dn. Juan Manuel de Rosas, a cuya persona y no a otra, encomendó la de Santiago por su parte, la dirección de las Relaciones Exteriores, o si por algún accidente los enemigos de la Confederación Argentina han interceptado las comunicaciones para tener a los pueblos en discordancia y arrastrarlos a una completa dislocación”.

Finalmente Rosas cortaría el silencio de castigo y expresaría con franqueza su disgusto: “No puedo ni por un solo instante creer que usted quiera comprometer su honor y buen nombre tan justamente merecido, ni menos exponer el crédito de la causa federal y la unión y tranquilidad de las provincias, por salvar a un malvado, desde que sepa lo que es, y se penetre, como debe penetrarse, de los gravísimos males que causará a la República”.

Por fin, seguramente balanceando el alto costo que estaba pagando por proteger a Cullen,  de quien además le habían llegado informes de que había continuado conspirando en Santiago del Estero con los unitarios, para lo cual había sobornado a uno de sus oficiales de confianza y ahijado, Bonifacio Albornoz, decidió entregarlo. El 4 de junio de 1839 comunicó a Rosas que “en cumplimiento del artículo 7 del Tratado de 4 de Enero de 1831 que liga a todas las provincias confederadas, remite a S.E bien asegurado y con la correspondiente escolta al alevoso traidor unitario extranjero Domingo Cullen agravado con nuevos crímenes contra la Independencia Nacional y Santa Causa de la Federación”. Agregaba “que el único miserable seducido por el Infame Cullen en esta provincia, llamado Bonifacio Albornoz, ha sufrido ya la última pena en castigo de los horrorosos planes en que había entrado por las pérfidas sugestiones de aquél”.

Cullen era trasladado engrillado hacia Buenos Aires pero fue fusilado en el camino el 21 de junio.

No le faltó dignidad al supuesto bárbaro santiagueño cuando debió enfrentar una airada protesta del representante británico en las Provincias Unidas cuando se suscitó un problema con un  ciudadano de esa nacionalidad que había cometido un delito común. A diferencia de la actitud de sumisión de los “notables”del puerto Ibarra respondió: “Sólo resta añadir a S.E. el Sr. Delegado que haga entender al Exmo. Señor Ministro plenipotenciario de S.M. Británica, que el gobierno de Santiago siempre dispensó las debidas consideraciones a los súbditos británicos, no sólo en fuerza de los tratados existentes, sino en conformidad al derecho común de las Naciones que le es muy conocido; pero que al mismo tiempo estuvo dispuesto (y lo estará en todo caso) a reprimir y castigar a cualquier extranjero que, contra el mayor de sus deberes, tratase de injerir en las cuestiones domésticas del país que los abriga”.

Si bien Ibarra estaba convencido de la necesidad de una carta constitucional e insistía en ello, tampoco dudaba que muchos esgrimían ese motivo para debilitar el gobierno rosista. Es ése el tenor de la carta escrita al gobernador riojano Brizuela cuando éste, con el pretexto de la constitucionalidad, se unió a la Liga del Norte unitaria: “Esa Constitución que Ud. invoca en su pronunciamiento debe ser el fruto de la paz, de la sabiduría y de la calma de las pasiones. El gritar ahora Constitución es quererla escribir con sangre y en medio de las ruinas de la patria. Que los unitarios dejen de trastornar a los pueblos y de promover desastres, entonces la Confederación Argentina se dará una Constitución oportuna, sabia, estable y conforme al voto de los pueblos. El pretender ahora este gran bien es como tocar la campana llamando a guerra civil y a que de este modo seamos fácil presa del extranjero que nos está hostilizando”. Y en otra misiva: “¿Qué dirán los hombres libres del Universo cuando sepan que unos pocos gobernantes se declaran contra el grande Americano a quienes todos admiran y cuyo brazo está estorbando que una nación europea humille vergonzosamente a los Americanos?”

En verdad los tiempos de la patria habían cambiado pero el concepto del patriotismo era el mismo en Ibarra. “Alguna vez, temiendo más la dominación de Buenos Aires que la de España, los pueblos se valían de los españoles para resistir a los porteños, como sucedió en el Paraguay y en el Alto Perú; y en seguida echaron a los españoles sin sujetarse a los porteños. Más de una vez Buenos Aires calificó de reacción española lo que, en ese sentido, sólo era reacción contra la segunda mira de conquista. ¿Qué hacían los pueblos para luchar contra España y contra Buenos Aires, en defensa de su libertad amenazada de uno y otro lado? No teniendo militares en regla, se daban jefes nuevos, sacados de su seno. Como todos los jefes populares, eran simple paisanos las más veces. Ni ellos ni sus soldados, improvisados como ellos, conocían ni podían practicar la disciplina militar. Al contrario, triunfar de la disciplina, que era el fuerte del enemigo, por la guerra a discreción y sin regla, debía ser el fuerte de los caudillos de la independencia. De ahí la guerra de recursos, la montonera y sus jefes, los caudillos; elementos de la guerra del pueblo; guerra de democracia, de libertad, de independencia” (J.B.Alberdi).

La fuerza de Ibarra, como el de otros caudillos federales, era la devota lealtad con que lo seguían y defendían los suyos,  el paisanaje que veía en el alguien que los comprendía y se hacía eco de sus infortunios. Eso lo experimentaron sus enemigos cuando lo enfrentaron, como le sucediera al II Cuerpo del Ejército de la Coalición del Norte, comandado por el gobernador de Salta Manuel Solé, que hostilizado por la guerra de recursos, hambreado y sediento en pleno verano, atacado por las guerrillas ibarristas, debió abandonar Santiago. En carta a Lamadrid le confesaría: “Nunca se ha mostrado más enemigo este salvaje país de fuerzas que sólo venían a protegerlos. No pasan de tres hombres que en esta larga distancia a que hemos podido llegar con mil inconvenientes, se hayan atrevido a vernos las caras, hablarnos y darnos algunas noticias del paradero de Ibarra. Todo lo hemos encontrado exhausto y en retirada a los montes, las casas abandonadas; una que otra mujer lográbamos ver en distancia, sin tener de quien valernos para un solo bombero, ni entre esas pocas mujeres, ofreciéndoles pagarles bien, ni baqueanos, etc. cuando al revés, cada algarrobo o jumial es un espía y bombero de Ibarra”.

No faltó tampoco el intento de golpe por parte de algunos santiagueños pertenecientes a la burguesía urbana, el 24 de septiembre de 1840,  que contó con la complicidad de un sector de las tropas acantonadas en el cuartel de Cantarranas. El hermano del gobernador, Francisco Ibarra, se hizo presente en el lugar para convencerlos de deponer su actitud pero fue asesinado a lanzazos. Como había sucedido tantas otras veces Ibarra recuperó rápidamente el control de la ciudad y, poseído de una furia tan grande como el amor que siempre había sentido por su hermano, desencadenó una terrible venganza de torturas y fusilamientos a los cabecillas de la frustrada insurrección.

Pero los ataques enemigos no sería los únicos problemas. A pesar de la leal y acerada lealtad de Ibarra a la causa federal las paupérrimas  circunstancias de su provincia no habían mejorado pues Rosas no había renunciado a disponer en exclusividad de los ingresos del puerto. En 1847, como sucedía con demasiada frecuencia la sequía hacía estragos en Santiago del Estero. El 18 de octubre Ibarra escribió al Restaurador : “La calamidad que aflige a este país ha llegado a un grado tal , que habiendo obligado a la emigración  a una gran parte de la población,  hace que la porción que aún subsiste vacile sobre su permanencia, y puedo asegurar a U. que si la seca se hace duradera por algún tiempo más, sucederá el irremediable caso de desaparecer ellos.” Rosas no permaneció insensible ante el angustioso llamado de su aliado y amigo y el  28 de noviembre le contestó “que este gobierno ha de hacer cuanto pueda para ayudarlo después de la seca, y según le vaya siendo posible, con treinta mil cabezas de ganado vacuno de año arriba, para que si V. lo tiene a bien, sean repartidas entre los federales pobres que todo lo hayan perdido por tal seca, y que a juicio de V. sean dignos de esta consideración y socorro”. Se excusaba de que la ayuda no podía ser mayor y agregaba “que me indique lo que a este respecto le parezca más acertado con relación a las entregas a los pobres agraciados por V.”

El traslado de tantas cabezas de ganado se hacía imposible por los caminos y por las guerras por lo que don Juan Manuel “ha creído conciliatorio todo avaluado en las 30.000 cabezas de ganado y vacuno en 25.000 pesos fuertes, en pesos metálicos, equivalente a medio real plata, por cada una de las cabezas (…)  irles enviando a V. E. poco a  vpara que Ud. los reparta entre los pobres referidos”.

Una grave enfermedad se abatió sobre el caudillo santiagueño en 1848. Intuyendo su final, a favor de su estrecha relación con el Restaurador, le escribe poniendo a su provincia bajo su protección  para preservarla de la anarquía y seguir gozando de su autonomía. Como temiera que la “sórdida emulación” se desatara “para saciar la sed indigna” provocada por la conducta leal al Caudillo, “al presentarme el deplorable cuadro de un porvenir tan funesto, me dictan igualmente la calmante idea de consignar esta distinguida porción de la República al cuidado y protección de la primera autoridad de ella. Este es mi objeto y esta mi solicitud”. No le interesaban sus deudos ni otro designo personal, sino “dirigir un encarecido encargo a favor de mis paisanos y conciudadanos”. Invocaba “la grata amistad con que se ha servido honrarme, para suplicarme se digne extender sobre los habitante de este suelo su paternal amparo y una particular asistencia de sus beneficios cuidados, a fin de que, poniéndolos a salvo de aquello despliegue fatal de pasiones innobles que los amenaza, les garantice igualmente el perfecto goce en que hasta hoy se mantienen de sus mejores y más inestimables tesoros de su libertad”.

Rosas le envió al médico Víctor Bruland, quien siguió las instrucciones de su médico personal, doctor Santiago Lepper. Atendido también por su esposa Ventura Saravia, con quien poco había convivido, su salud fue desmejorando hasta morir el 15 de junio de 1851″.

Escrito por Pacho» O´Donnell

BIO O DONELL. Mario O’Donnell, conocido como Pacho O’Donnell (Buenos Aires, 28 de octubre de 1941) es un escritor, médico especializado en psiquiatría y psicoanálisis, político e historiador argentino.

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