“El deporte me salvó la vida y si no fuese por el deporte seguiría en una silla de ruedas”

Anahí Figueredo en Fisicoculturismo forma parte de la rica historia del deporte femenino. Detrás de sus logros deportivos hay historias de superación, de lucha constante, de búsqueda de reconocimiento, de sueños por alcanzar.

Hoy te contamos la historia de Anahí Figueredo, una verdadera campeona que torció una muerte segura con sus ganas de vivir. Anahí se inició en el culturismo tras sufrir un gravísimo accidente de tránsito. Como su cuerpo se rearmo así también su vida tuvo un cambio al ciento por ciento y su deseo de vivir se fundó en sus hijos. Atrás quedó la silla de ruedas para estar en las competencias de elite del fisicoculturismo internacional. A pesar de sus logros deportivos sigue luchando para no ser mirada como un “bicho raro”.

El deporte no era una virtud en su vida y cuando mira su presente, que la tiene como la culturista más representativa de Santiago del Estero, afirma que jamás pensó en esta disciplina a la que le dedica alma y vida desde hace 8 años.

“A mí el deporte me salvo la vida así de literal. Si no fuese por este deporte estaría en la silla de rueda. Cada torneo en el que estoy es un escalón más. Una superación más, lo gane o no. Jamás me hubiese imaginado que iba a formar parte del Torneo Arnold que es lo más top y llegar ahí es todo. Cambie mi estilo de vida al cien por ciento. Mi manera de vivir cambio. Yo no soy ni un mínimo de lo que era antes”, confiesa orgullosa.

Un accidente, el origen de todo

La vida de Anahí tuvo un tremendo vuelco tras sufrir un accidente de tránsito en Reconquista, provincia de Santa Fe. Así lo contó: “A mí me chocó un camión. Estuve casi un año internada con fracturas, una pierna más corta e innumerables secuelas. Estuve en la sala de quemados, de trauma y todo porque la pasé muy mal. Al principio no había nada que hacer. Con tratamientos y demás puedo mover la pierna, pero no tengo mucha sensibilidad entonces es riesgoso porque a veces no siento donde piso”.

Su recuperación parecía imposible pero su fuerza de voluntad y sus ganas de vivir pudieron más. “Apenas tuve el accidente pensé que no la pasaba. Tuve el accidente en Reconquista y los primeros médicos que me operan, estando yo anestesiada escucho que les dicen a mis padres que no había nada que hacer y cuando me desperté y al ver a mi papá llorando me decía no me puedo morir, quiero vivir”.

Su fuerza de voluntad cambió el rumbo de su estado. “Yo salve mi vida yo misma porque si me dejaba estar todo se caía. Después logre caminar a pesar de que me habían dicho que no iba a volver a caminar. Si me quedaba con eso no lo lograba y me quedaba en la silla de ruedas. Y tercero, volví a armar mi cuerpo en el que tuve 30 quebraduras entre ellas pelvis, sacro, coxis y cadera”, contó.

Hubo momentos y situaciones que la empujaron a la lucha por su vida. “Si no hubiese tenido mis hijos no hubiera sobrevivido”, afirma en primer lugar.

Tras su accidente fue derivada desde Reconquista a Santa Fe y cuando entró a la terapia había dos personas que se habían querido suicidar. “Una que se prendió fuego y la otra que tomó pastillas. En ese momento en mi estado pensaba ellos se quieren sacar la vida y yo estoy luchando para que no se me vaya”.

“En el primer momento pasé 48 horas sin dormir porque pensaba que si cerraba los ojos no los abría más. Llamaron a mis familiares para que se despidan. Vinieron mis hijos, mi tía, mi hermana y yo decía bueno ya está hasta me trajeron al cura para que me de la extrema unción. Yo le decía a mi papá no quiero morir, pero la realidad es que del cuello hacía mis extremidades inferiores no sentía dolor, no tenía sensibilidad. Pasaron las 48 primeras horas sin dormir y cada operación era un escaloncito más”, relató.

Seguía luchando y viendo poco a poco su mejoría. “Lo feo era estar internada y no poder estar con mis hijos. Mi hijo mayor empezaba primer grado y yo me lo perdí.  Son cosas que uno no se las perdona. Mi hijo del medio no me reconocía. Yo tenía tubos, cables, sangre. Y él decía esa no es mi mamá, traigan a mi mamá y recién me aceptó cuando me vio sentada en la silla de rueda. Durante mucho tiempo me miraba desde la puerta y eso me destrozaba, pero era decir esta no la pierdo. Me dije no me voy a morir y no morí”.

Su recuperación

“Logré caminar y primero empecé a hacerlo con las dos muletas. Tardaba una hora en dar la vuelta al anfiteatro, después caminaba con una sola muleta hasta que me largue a caminar sin nada. Tiempo después arranque con este deporte”, contó.

Estando postrada en la cama le mandó una carta a deportista que era campeona argentina en fisicoculturismo. En su misiva le contó su historia y lo que le había pasado. “Pensé que no me contestaría nunca, pero se ve que le llamo la atención mi historia porque me contestó. Para mi cumpleaños mi papá me regala el pasaje para ir a conocerla y me acompañó mi mamá. Allí ella me dice si quería competir. Le respondí que ni loca al ver esos cuerpos esculturales y encima yo tenía una cicatriz desde las costillas hasta la rodilla que me daba mucha vergüenza. Me dijo yo te preparo y si quieres competís y si no quedas así para la vida”.

Según contó Anahí su cuerpo era un desastre, estaba muy delgada y apenas pesaba 39 kilos, pero eso no fue impedimento para empezar a entrenar para una primera competencia. “Llegado ese momento le dije a mi entrenadora que no diga nada de mi accidente porque quería ganar no por mi estado ni por lastima sino porque merecía. Me tatué la cicatriz porque la piel ya no pegada y no se podía hacer un nuevo injerto tras 27 cirugías.  Hace 8 años atrás fue mi primer torneo en Corrientes y para mi sorpresa lo gané. Yo me prepare solo para ese torneo y dejaba. Pero al ganar ese apareció otro y seguí participando en nuevos torneos hasta llegar al Arnold Brasil que es lo máximo”.

Pocos relacionan su imagen exterior con su recuperación después de estar casi muerta. A veces el prejuicio por sus músculos se lo hacen sentir. “Este deporte es un estilo de vida. Mucha gente nos mira como bichos raros. Durante la pandemia escuche a muchos decir tanto van a querer salir a hacer deporte y yo digo que sí es una necesidad que hasta la cabeza te hace bien. El cuerpo está acostumbrado y no podés acostarte las 24 horas. De golpe no podemos dejar de entrenar, nuestro cerebro está organizado de esa manera”, cuenta.

Nuestro día ya está organizado. Tenemos todo el tiempo cronometrado: tal hora se come, tal hora se entrena, tal hora se duerme. El cuerpo no lo entiende y si bien no nos quedamos sin hacer lo necesario, la pandemia nos liquidó en ese sentido.

Además, amplió: “En 8 años que llevo de competencias todavía no soy aceptada como culturista. La gente me mira como bicho raro y ya van 8 años. No esta aceptado todavía mi deporte acá, recién ahora está queriendo muy lentamente ser aceptado, pero me cuesta mucho que la gente entienda lo que yo hago. La mujer no debe tener músculos, eso es para el hombre supuestamente”.

“Mirar hacia atrás me hace descubrir que al principio me costaba mucho más porque me hacía mal cada vez que me miraban o me decían algo. Ahora estoy convencida que el problema es de ellos. Me gusta que ahora se está aceptando más y la mujer puede tener músculos y hacer pesas y que se está animando más gente en mi deporte. Antes era la única loca en mi deporte, pero ahora somos más”, dice Anahí entre risas.

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