El folklore santiagueño pierde protagonismo en el Festival de Jesús María
La grilla del Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María 2027 volvió a poner sobre la mesa una discusión que, lejos de ser nueva, parece hacerse cada vez más evidente: ¿qué lugar ocupa hoy el folklore santiagueño en uno de los escenarios más importantes del país?
La respuesta, al menos mirando la programación anunciada, genera más preguntas que certezas.
Para la edición 2027 aparecen apenas dos representantes santiagueños: OrellanaLucca y Los Manseros Santiagueños. Dos nombres enormes, históricos y absolutamente representativos de nuestra música, pero que parecen quedar demasiado solos frente a la dimensión de una provincia cuya identidad cultural está profundamente ligada al folklore.
La ausencia que resulta particularmente llamativa es la de Raly Barrionuevo, ya que el propio artista había dejado planteada la cuestión el año pasado, cuando expresó sus dudas acerca de si su propuesta tenía lugar dentro de lo que el festival busca actualmente. «No sé si gusta mucho lo que yo hago, un tipo con una simple guitarra sin pista y sin esas cosas que se usan hoy… quizá está fuera de moda lo que yo hago», había señalado el músico friense.
La frase puede leerse como una simple reflexión de un músico sobre su propia propuesta. Pero también puede interpretarse como una pregunta mucho más grande: ¿qué tipo de folklore está buscando Jesús María?

Desde hace algunos años, la presencia de artistas santiagueños en la programación viene disminuyendo. Y esto abre un debate inevitable: si Santiago del Estero es reconocido históricamente como una de las grandes cunas del folklore argentino, ¿por qué sus representantes tienen cada vez menos espacio en uno de los festivales que lleva precisamente el folklore en su nombre?
Pero también es válido preguntarse qué se está priorizando.
Porque cuando un festival que históricamente se vinculó con el folklore tradicional incorpora cada vez más propuestas alejadas de esa concepción, aparece una contradicción que merece ser discutida: ¿Jesús María está renovando el folklore o está dejando atrás aquello que lo convirtió en lo que es?
La discusión no debería plantearse como una guerra entre «lo tradicional» y «lo moderno». El folklore, como cualquier expresión cultural, cambia, incorpora sonidos y encuentra nuevas generaciones.
El problema aparece cuando, en nombre de la renovación, se termina relegando aquello que constituye la identidad cultural del propio festival.
Porque si para hacer atractivo al evento hay que alejarse cada vez más del folklore que le dio nombre, entonces habrá que preguntarse si estamos asistiendo a una renovación necesaria o, sencillamente, a la pérdida gradual de una identidad.




