El bombo santiagueño late con alma propia «Darío Palavecino y su pasión por el oficio en la Feria Artesanal de Santiago»
La ciudad de Santiago del Estero vibra en julio con su tradicional Feria Artesanal, enmarcada en los festejos por el 472° aniversario de la “Madre de Ciudades”. En el predio de Changolandia, donde la identidad se respira en cada rincón, los visitantes no solo encuentran artesanías, sino también historias de vida, de amor por la cultura, y de pasión convertida en arte. Una de esas historias tiene nombre propio: Darío Alonso Palavecino, artesano de la ciudad de La Banda y luthier de bombos santiagueños, quien por segundo año consecutivo dice presente con su stand en la Carpa 2, puestos 37 y 38.

Darío no solo vende bombos: comparte el alma del instrumento. En su espacio, cada visitante puede tocar, preguntar, observar y, sobre todo, sentir el latido del monte convertido en sonido. “Estoy muy agradecido con la Secretaría de Cultura por darme nuevamente esta oportunidad. Acá no solo muestro mi trabajo, también explico con detalle cómo se fabrica este mágico instrumento, completamente a mano y con materiales nobles de nuestra tierra”, expresa con humildad y entusiasmo.

Su proceso es tan ancestral como meticuloso: comienza con la selección de maderas como el ceibo o el quebracho blanco, que son ahuecados y secados naturalmente. Luego vienen los aros, los cueros de cabra adulta, las suelas engrasadas de vaca que envuelven el bombo y los palillos hechos con anchoche. Todo cosido, afinado y ensamblado por sus propias manos, en un ritual donde cada pieza tiene su sentido y su tiempo.

Dario Palavecino Para un luthier, el instrumento no es sólo madera, cuero y clavos. Es una extensión de su ser, una obra que lleva en su interior las huellas del tiempo, la historia del oficio y la pasión que arde en cada detalle. El que hace bombos no trabaja: crea, sueña, revive sonidos que nacen del monte y del corazón.
Cada bombo es distinto, como lo son las manos que lo construyen. Desde la elección del árbol hasta el último tiento, hay un diálogo íntimo entre el artesano y la naturaleza, entre la tradición y el presente. En ese proceso, el luthier no sólo talla madera, sino que moldea identidad, honra a sus ancestros y proyecta cultura hacia el futuro.
El bombo no suena solo. Late. Y ese latido lleva el pulso de quien lo hizo con amor, con respeto por el oficio y con la conciencia de que, en cada golpe, alguien encontrará su voz. Para el luthier, cada instrumento terminado no es una despedida, sino una entrega: al músico, al pueblo, a la memoria viva de una tierra que se canta y se toca con el alma.





