El monte santiagueño también produce alimentos: una planta de la UNSE transforma algarroba y vinal en oportunidades para las familias rurales
La Universidad Nacional de Santiago del Estero desarrolla una experiencia de agregado de valor a frutos autóctonos mediante una planta de molienda que presta servicios a productores, cooperativas y emprendimientos. La iniciativa permite elaborar harinas regionales y busca ampliar sus actividades para fortalecer nuevas cadenas productivas. Ciencia, trabajo y conservación ambiental se encuentran en un proyecto con potencial para el interior provincial.
Durante generaciones, el monte santiagueño fue una fuente de alimentos, materiales y recursos para numerosas familias rurales.
Hoy, parte de ese conocimiento tradicional encuentra nuevas posibilidades gracias al trabajo científico y tecnológico.
La Universidad Nacional de Santiago del Estero cuenta con una planta de molienda destinada al procesamiento de frutos autóctonos, una experiencia que permite transformar materias primas del bosque nativo en alimentos con mayor valor comercial.
El establecimiento funciona en instalaciones de la Facultad de Agronomía y Agroindustrias, en el Parque Industrial, y se aproxima a cumplir una década de funcionamiento.
Del fruto a la harina
La planta trabaja principalmente con algarroba blanca, algarroba negra y vinal.
Mediante procesos de acondicionamiento, secado y molienda, los frutos pueden convertirse en harinas destinadas a diferentes preparaciones alimenticias.
La responsable técnica del proyecto, doctora Natalia Lescano, explicó que uno de los objetivos centrales es fortalecer a las comunidades rurales mediante el aprovechamiento de los recursos disponibles en su propio territorio.
La transformación resulta importante porque permite conservar y comercializar durante más tiempo productos cuya recolección es estacional.
Nuevas oportunidades comerciales
Las harinas regionales pueden utilizarse en diferentes elaboraciones.
Entre las aplicaciones mencionadas aparecen barras de cereales, galletas y otros productos alimenticios.
El proyecto también trabaja con experiencias a menor escala vinculadas con chañar y mistol.
La planta cuenta con antecedentes de habilitación y certificación para elaborar productos libres de gluten, según su responsable técnica.
Actualmente se encuentra trabajando en la renovación de la habilitación correspondiente, con la intención de ampliar los servicios hacia el fraccionamiento de granos y aceites.
Esa ampliación todavía depende de los trámites y auditorías necesarios.
Una herramienta para pequeños productores
Uno de los aspectos más importantes de la experiencia es su orientación social.
La planta ofrece servicios de procesamiento y cobra importes destinados a cubrir sus costos operativos.
Esto puede facilitar que productores y emprendimientos accedan a infraestructura que difícilmente podrían instalar individualmente.
El proyecto también contempla capacitación sobre buenas prácticas de recolección, acondicionamiento y elaboración.
Estas herramientas resultan fundamentales para mejorar la calidad de los productos y cumplir los requisitos de comercialización.
Ciencia y trabajo en una misma experiencia
La planta también funciona como espacio de formación profesional.
Actualmente participan cuatro estudiantes de Ingeniería en Alimentos, quienes adquieren experiencia mediante tareas de procesamiento.
La iniciativa demuestra cómo la investigación universitaria puede vincularse con necesidades concretas del sector productivo.
El desafío será ampliar el acceso a estos servicios y conocer qué posibilidades existen de fortalecer las cadenas comerciales.
Producir conservando el bosque
El aprovechamiento de frutos autóctonos también abre una discusión ambiental.
La recolección sostenible de productos no maderables puede representar una alternativa económica complementaria para las comunidades rurales.
No reemplaza automáticamente a otras actividades forestales, pero puede diversificar las fuentes de ingresos y contribuir a valorar el bosque en pie.
El monte santiagueño no solamente representa un patrimonio natural. También puede convertirse en una fuente de alimentos, conocimiento y nuevas oportunidades productivas.
La experiencia de la UNSE muestra que agregar valor a los recursos locales puede ser una herramienta para fortalecer las economías familiares y construir un desarrollo más sostenible.





