El retiro del gran capitán. Lionel Messi deja un legado albiceleste inmenso de fútbol y emociones populares

El crack rosarino, protagonista de una historia soñada y excepcional en la selección argentina, se despide este martes en el Monumental de Núñez, en una noche para el recuerdo.

Bendito fútbol argentino que apenas ocho años después del retiro de Diego Maradona (1997), encontró su heredero en Lionel Messi cuando parecía haberse roto para siempre el molde de los supercracks.

Brasil, cuna de jugadores extraordinarios, no tuvo esa fortuna: lleva más de medio siglo buscando el sucesor de Pelé sin haberlo podido descubrir. Zico, Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho, Kaká y Neymar, por mencionar sólo algunos, fueron artistas de la pelota. Pero ninguno pudo nunca superar o igualar siquiera al genio de la camiseta número 10.

Messi lleva más de 22 años escribiendo la historia más grande del fútbol argentino y mundial desde el pedestal del podio eterno. Tenía 17 años recién cumplidos cuando el 29 de junio de 2004, Julio Grondona armó a las corridas un amistoso entre los juveniles de la Argentina y Paraguay en la cancha de Argentinos Juniors para blindarlo ante la amenaza de nacionalizarlo que blandía Ángel María Villar, el presidente de la Federación Española. Desde esa noche fría en la que marcó uno de los ocho goles, no se sacó nunca más la gloriosa camiseta celeste y blanca. La adhirió para toda la vida a su piel y a su corazón.

Más de dos décadas después, a sus 39 años, Messi entrega su legado convertido en el jugador más importante de todos los tiempos del fútbol argentino. Sus números son los de un superdotado: 207 partidos jugados (más que nadie), 125 goles (más que ninguno), seis mundiales disputados de 2006 a 2022 (más que todos) y seis títulos ganados: cuatro con la selección mayor (Mundial de Qatar 2022, copas América de Brasil (2021) y Estados Unidos (2024) y la Finalissima intercontinental de 2022 con Italia), uno con la Sub 20 (Mundial de 2005 en los Países Bajos) y otro con la Olímpica (Juegos de Beijing de 2008).

El amor es más fuerte

Pero su grandeza abarca bastante más que estas estadísticas asombrosas. El gran capitán de la selección debió morder muchas veces el fruto amargo de la derrota y la maledicencia antes de llegar hasta la gloria máxima. El mismo país que ahora delira por él y que tal vez esta noche derrame sinceras lágrimas de emoción delante de las pantallas de televisión o en las tribunas del estadio Monumental, le dijo todo en aquellos años lejanos cuando los triunfos demoraban en venir.

Lo acusaron de pecho frío, de no sentir la camiseta, de no querer al país porque no cantaba el Himno. Tras perder tres finales consecutivas (el Mundial de Brasil en 2014 y las Copas América de 2015 en Chile y 2016 en los Estados Unidos) se cansó, dijo que la selección no era para él y se marchó. Pero fue por poco tiempo. El amor fue más fuerte y “Leo” volvió mejor que nunca. Convertido en un modelo de persistencia, resistencia y resiliencia, un ejemplo extraordinario de compromiso con el fútbol argentino y de pasión por la pelota.

De gambeteador a estratega

Desde luego que el tiempo pasa para todos. Pero lejos de entregar las últimas imágenes de su ocaso, Messi dio las mejores versiones de sí mismo en estos años de su carrera.

Empezó como un gambeteador feroz, capaz de correr desde la mitad de la cancha (incluso desde más atrás) dejando rivales en el camino con la pelota adherida a su botín zurdo. Pero debió reinventarse como estratega cuando se dio cuenta que sus piernas ya no tenían aquella velocidad fantasmal y que debía hacer otras cosas en la cancha.

Sin perder influencia y eficacia, desde aquella Copa América que se le ganó a Brasil en Brasil durante la pandemia de 2021 hasta la última Copa del Mundo en los Estados Unidos, se transformó en un extraordinario autogestor de sus propios tiempos y ritmos de juego. Lo que le permite anticipar dónde y cuándo acelerar y dónde y cuándo pisar el freno, siempre al servicio del equipo.

Jugó al paso la final de 2022 ante Francia en Qatar, a una velocidad promedio de 7 kilómetros por hora. Más propia de una caminata dominguera que del partido más importante de todos. Aún así hizo dos goles y ganó el Balón de Oro al mejor jugador. De la misma manera, este año, desmintió sus 39 años y acaba de protagonizar su Mundial más emocionante. Hizo ocho goles (seis en fase de grupos) y tuvo cuatro asistencias. Jugó, hizo jugar y sólo porque se quedó agotado y sin piernas, no pudo darse el último gustazo: volver a levantar la Copa del Mundo y ofrendársela a su padre Jorge, su descubridor, su mentor, el hombre que intuyó al fenómeno antes que todos y que recién lo dejó cuando pasó a otro plano, un mes después de la final con España.

Scaloni supo conducirlo

A lo largo de sus 22 años en la selección mayor, lo dirigieron nueve entrenadores: José Pekerman, Alfio Basile, Diego Maradona, Sergio Batista, Alejandro Sabella, Gerardo Martino, Edgardo Bauza, Jorge Sampaoli y Lionel Scaloni.

Con algunos estuvo más de acuerdo que con otros. A algunos lo escuchó más y a otros, menos. Pero ninguno supo interpretarlo tan bien como Scaloni: lo rodeó, lo contuvo, lo dejó ser, no lo abrumó con largas parrafadas y supo cuándo necesitaba hablarle y cuándo debía callarse.

Luego de aquel Mundial infeliz de Rusia en 2018 en el que tanto le tocó sufrir, Messi volvió, con Scaloni, a disfrutar de estar en la selección. Encontró un grupo que lo admiraba y lo respetaba pero con el que también se divertía (Rodrigo De Paul fue su amigo, protector y confidente). Supo liderar ese vestuario, sin levantar el tono, hablando poco y lo preciso, sin arengas altisonantes, sólo porque era el mejor. Si el capitán lo dejaba todo a la hora de los grandes partidos, nadie podía dar menos que él.

Esa voz y esa presencia inspiradora se harán sentir por última vez esta noche en el vestuario de la selección. Con la ida de Messi, se cierra la etapa más brillante y gloriosa de la historia de la selección argentina y arranca otra que necesariamente resultará diferente. Aquel pibito tímido y ensimismado que Pekerman llevó al Mundial de Alemania en 2006, se marcha con Scaloni como un hombre íntegro, cabal, realizado, ídolo máximo de su país y el futbolista más famoso del mundo.

Deja un legado inmenso de fútbol y emociones populares. Darle las gracias totales por todo eso es lo menos que podemos hacer por él.

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